miércoles, 10 de diciembre de 2008

VUELOS DEL SUR...

UNA CRÓNICA DESDE EL CIELO

Un cuento de Danilo Gutiérrez Baella, año 2008


Los dos jóvenes llegaron más temprano que yo. Las arenas recién templando por el espléndido sol, los enormes ficus haciendo de mudo público alrededor. Eran las 7 de la mañana y todo estaba listo; los dos jóvenes y yo, al lado de la canastilla de mimbre y gruesos tubos de oscuro acero. El globo estaba cual deforme y estirada masa multicolor sobre el árido terreno recibiendo todo el calor de las enormes llamaradas que brotaron generosamente de dos quemadores surtidos con gas.





Uno de los jóvenes enderezó la canastilla con rapidez, el globo se irguió sobre ella, y los tres tripulantes subimos de inmediato. Nuestra aventura sin precedentes sobre el desierto iqueño había empezado.





No terminaba de admirar el interior del globo sobre nuestras cabezas, con colores azul eléctrico y blanco inflado contra el cielo brillante, sin nubes, cuando se me ocurrió mirar hacia abajo; en absoluto silencio nos habíamos elevado 15 metros (no hubo tiempo para el vértigo…) y nos trasladábamos rápidamente entre enormes dunas hacia el distrito de Guadalupe, destino final fijado para la inusual excursión. Una duna no quiso darnos el pase, y topamos contra su blanda cima arrastrando el ascenso. Susto divertido, y seguimos adelante.





Los jóvenes capitanes a cargo revisaban el mapa y contactaban con nuestro vigía a través de una radio portátil. A lo lejos, en el trazo gris de la Panamericana Sur, se veía la camioneta roja desde donde se monitoreaba nuestro camino, dándonos referencias aproximadas de altura y posición visual.





Yo sabía que volábamos sobre la humilde comunidad de Comatrana, pueblo joven nacido en las arenas vecinas al Balneario de Huacachina. Vivía en ese entonces a orillas del legendario oasis, y recibí la invitación para integrar el equipo de tres en esta primera aventura aérea sobre la ciudad de Ica. Para mí, que siempre busqué las emociones fuertes propias del deporte extremo, no me fue difícil el aceptar.





El globo se detuvo por primera vez. No había viento, sólo el sol elevando la temperatura sobre nuestras cabezas. Las casitas de Comatrana estaban a no más de 150 metros por debajo de nosotros, y una decena de niños nos gritaba desde el arenal sabe Dios qué cosas. Un perro que corría y saltaba junto a ellos ladraba alocadamente, y una pelota de fútbol subía y bajaba en forma repetida queriendo tocar sin éxito nuestra canastilla. Mientras tanto Jonás, uno de los capitanes, revisaba su mapa de ubicación e intercambiaba información valiosa a través de las comunicaciones radiales con piloto monitor de la carretera. Bruno verificaba el nivel de gas en un marcador del pequeño tablero de mandos, calculaba su duración, e inyectaba lenguas de fuego de 3 metros para mantener nuestra altura.





- Tenemos suficiente para dos horas de viaje… – Bruno masculló para él, pero el impactante silencio en la inmensidad del cielo nos permitía oír nuestro más pequeño aliento.





Al fin sopló el viento, y el globo nos llevó sobre las dunas vecinas. Nos conmocionamos por unos disparos de rifle o pistola provenientes del pequeño caserío. Nos miramos, y pregunté: “¿Nos disparan? ¡Sopla viento, sopla!”.





Sobrevolamos el Hotel Las Dunas por uno de sus flancos, y las comunicaciones radiales se cruzaron con las del personal de seguridad del establecimiento. Envié saludos al gerente, y proseguimos el viaje.





Pronto nos dimos cuenta que no todo andaba bien. Nos internábamos cada vez más en el desierto alejándonos notoriamente de las zonas urbanas y marginales, y eso no estaba en los planes de Jonás y Bruno. Un artefacto aerostático simple y poco implementado como el nuestro no suele llevar ningún alerón direccional o hélice que permita elegir su recorrido; sólo puede regular el ascenso o descenso de acuerdo a las necesidades de vuelo, pero se encuentra a la deriva a donde el viento quiera llevarla.





- ¡Uffff! No tendremos suficiente gas si seguimos en esta dirección. Si descendemos aquí, sobre el desierto, nuestra camioneta no podrá ingresar a rescatarnos… ¿Dónde estamos? - preguntó Bruno a Jonás. Los tres nos abocamos a ubicar nuestra posición en el mapa, abriéndolo sobre un soporte plano al lado del tablero de control.





- ¿Este cerro es Cerro Prieto, verdad? - dije poniendo el dedo índice en un punto del mapa.







-¡SONAMOS! – gritó Bruno al señalarle con mi brazo izquierdo la ubicación física de Cerro Prieto. -¡No podemos descender aquí, en pleno desierto. Tenemos que ir hacia allá… ¡Hacia Guadalupe! ¡Caminamos hacia el mar…!





El mar… eso era volar con destino a la playa de Carhuas, cincuenta kilómetros sobre el interminable y desolado arenal, y comprendí que no tendríamos suficiente gas para abastecernos por cuatro horas. De hecho, ya habíamos volado por una hora y algo más, y la situación se tornaba angustiante.





Mientras debatían qué hacer y se comunicaban con la ya invisible camioneta roja, me percaté que el globo estaba nuevamente paralizado, y la sombra del globo parecía pintada en nítido color negro sobre la llanura desértica, trescientos metros debajo de nuestros pies.




Algo más llamó mi atención; una pantalla alargada ubicada sobre el tablero de control, modificaba números a una enorme velocidad. Jonás cruzó instintivamente su vista con la mía, y la trasladó a la pantalla de control. Luego abrió sus ojos, los mismos que parecían saltarían de sus cuencas…




-¡CAEMOS! - gritó, y Bruno inyectó lenguas de fuego repetidas veces al interior del globo. Yo, mudo, miraba el espacio hacia abajo; la topografía desértica crecía y crecía hacia nosotros, y el fuego inyectado parecía no tener ningún resultado. Efectivamente, caíamos.




Cuando las cimas de las dunas empezaron a alcanzarnos, los dos jóvenes resignados se limitaron a mirarme. Jonás y Bruno, mudos ambos, se treparon y sentaron en los bordes gruesos de la canastilla aferrando sus brazos a los tubos de la armadura metálica. No me quedó otra cosa que imitarles, sin mirar atrás. Sabía que estaba dando de espaldas al vacío.




Corrían interminables segundos en silencio. Bastaba ver los rostros desencajados de los dos jóvenes para darse cuenta que era la primera vez que enfrentarían una situación así.




Llegó el momento, y el impacto. La canastilla crujió, y no pude cerrar los ojos. La base circular del globo literalmente nos “entubó”, y por dos segundos estuvimos dentro de él con la canastilla, tripulantes, todo…




Mientras torcíamos nuestras cabezas para ver la enorme cúpula de lona que nos encerraba, el tubo del globo nos liberó otra vez y el globo se elevó tan rápido que ahogó una exclamación de los tres. ¡Nos disparamos hacia el cielo azul tan rápidamente como habíamos caído! La inyección de calor recién surtía efecto, y reiniciamos el viaje lleno de emociones, saturados todos por la adrenalina.




Poco después entendimos lo ocurrido. El calor externo fue más intenso que el capturado dentro del globo, perdiendo repentinamente el efecto físico que nos permitía elevarnos. Al caer inyectamos más calor, pero la gravedad pudo más que la rápida reacción de Bruno, absorbiéndonos hacia el arenal.




Ahora en el aire (detenidos nuevamente…) nos preguntamos qué hacer para volver a la ruta trazada, y resolver el sombrío panorama de fracaso y peligro que se presentaba ante nosotros. Ya había transcurrido una hora y media desde nuestra partida cercana al oasis de Huacachina, teníamos gas para otro tanto de tiempo. La carretera estaba fuera del alcance de nuestra vista, y aunque el chofer nos confirmó seguir viendo el globo a la distancia, sólo nos podía aconsejar que de alguna forma llegáramos hasta el nacimiento del sembrío más cercano. Sólo así podría acceder a terreno firme con la camioneta y ayudarnos. Pero con el escaso viento sólo caminábamos desierto adentro.




Algo llamó nuestra atención. Los chicos de la barriada de Comatrana, juntos al perro y la pelota, nos habían seguido sin descanso a través del desierto. Al verlos parecían pequeños puntos bulliciosos, y no dejamos de admirar su tenacidad y conocimiento del desierto. Perderse en un arenal resulta ser peor que perderse en una selva; las personas mueren rápidamente, desorientados y totalmente deshidratados.




Bruno tuvo una feliz idea. Consultó con nosotros, y descendió de ciento veinte a veinticinco metros sobre las cabecitas calientes y sudorosas de los niños.




– ¡Oigan Chicooooss…! ¡Sí, USTEDEEESSS!




Los niños no podían creer que les estuviéramos hablando desde arriba, y el perro empezó a ladrar frenéticamente.




- ¿Me escuchaaann? – Bruno volvió a gritar.




Uno de los chicos se animó a contestar.




-¡SIII…! ¡QUÉ QUIEREEE! – y siguieron risotadas nerviosas y más ladridos. Entonces intervino Jonás proponiendo soltarles una soga y que nos lleven jalando hasta la chacra de hortalizas que parecía más cercana.




Hubo un silencio, y movimientos nerviosos entre ellos. Notamos que hablaban en voz baja, como creyendo que llegaríamos a oírlos. Seguramente decían algo como “… estos locos de allá arriba quieren que los jalemos como al perro a la chacra… ¿será una broma?”.




Nuestro interlocutor volvió a la carga.




-¡EN SEEERIOOO! ¡Necesitamos que nos jalen a la chacra que está allá, no podemos bajar aquí! ¡POR FAVOOOORRR! – ahora gritó con desesperación, temiendo que el globo empezara a desplazarse otra vez con el mínimo viento.




-¡YAAAA! ¡TIRA LA SOGA NOMÁS!




Con gran algarabía, dejamos caer 25 metros de soga. Una vez que uno de los niños la tomó empezaron a disputarse y jalonearse la soga, lo que hizo que nos sintiéramos frágiles, dependientes, vulnerables… ¡y muy asustados!




– NO JUEEEEGUEENN, ¿YAAA? – fue la última y temblorosa intervención de Bruno.




Así reinició la más extraña travesía animada por las voces de los niños cruzando el desierto, sosteniendo con una soga “su” enorme globo de gas con tres ocupantes a bordo, caminando y saltando al lado de un perro totalmente desconcertado mientras pateaban distraídamente una vieja pelota de fútbol, calcinada por los ardores del arenal.




Finalmente sobrevolamos el sembrío más cercano. La camioneta roja ingresó 50 metros hasta el lugar donde descendió nuestra nave. Al saltar de la canastilla y tocar tierra, una extraña sensación de cierto vacío y seguridad invadió mi cuerpo. Al dar mis primeros pasos, tropecé con un montículo y caí sentado sobre un arbusto seco lleno de espinas.




“Bienvenido a tierra firme…”, pensé con vergüenza y dolor.




¡Qué irónico! Siempre creí que un vuelo cautivo era aquel que se realiza en entrenamientos, sujeto el prototipo a una base con simulaciones de vientos y otros que preparen al piloto en situaciones diversas.




Pues no. Esa mañana aprendí que un vuelo cautivo podía también ser aquel desarrollado sobre una verde parcela de Ica a 25 metros de altura a bordo de un globo aerostático multicolor atado a un árbol, con siete niños humildes boquiabiertos mirando hacia abajo a su perro y a su vieja pelota, cumpliendo felices el imposible sueño de volar.







FIN

0 comentarios: