jueves, 30 de octubre de 2008

MAIL DE NOSTALGIAS FAMILIARES (Miraflores, Lima Perú)

Amigos, familia, agradables curiosos, y más lectores melancólicos:

Comparto en mi blog una sesión maravillosa de comunicaciones familiares realizadas no hace tanto tiempo. Mi madre también habló, escribió, y sus reminiscencias nos llenaron el alma...

Ahí va...
Danilo
p.d.: Leerlo de desde el primer mail "de abajo hacia arriba" hará más deliciosa la experiencia

Gracias Vickyta. También para mí es un gran regalo. Por esas cosas de esta máquina o de esta red, las fotos que veía ya no las puedo ver pero las pude disfrutar; pero sé que las tienes así que no hay pierde. Hay una foto en la que está el puente Villena todavía en madera, en plena construcción y en él aparezco yo.
¿”ons’tará”?

En el correo anterior… sé que había un personaje que me faltaba de Miraflores y es del Organillero del monito que tenía también toda cara de mono, se acuerdan? Ahora que vivimos con agua hervida o filtrada, ¿se acuerdan que pasábamos por las calles en verano y le pedíamos a un señor que estaba regando que nos diera agua de su manguera para aplacar el calor del verano?

Alfredo

Aquí estás amorcito, en todo tu esplendor con tu primera mascota, la de Pepito y otras más que te harán recordar.

Vickyta

PD: ¡Dice Mamita que ese puentecito que mencionas, en el Malecón Balta... HABÍA UN FUNICULAR por el que bajaba con su tía Julia!
¡Era todo un adelanto para esos tiempos...!

Alfredo Gutiérrez Baella escribió:

Cómo que nos olvidamos de algunos personajes y con estas remembranzas vuelven a nuestra mente como el moreno de "Aquí están las humitas, bajen el ascensor" y del alfajorero que con sus dos maletas de madera blanca con bordes celestes vendía alfajores, por supuesto, y guargüeros caminando las largas cuadras y que las dejaba en el suelo cuando nos veía y... por supuesto le comprábamos.

No me puedo olvidar de la casa del malecón junto a la casa de los Dibós (después fue Toulouse Lautrec y, ahora... no lo sé) en la que había un perro negro de metal en la parte exterior y a donde me llevó Pepe y me tomó una foto sentado sobre él (en alguna parte debe estar esa foto: Ahora hay un tremendo edificio); para llegar a esta casa había que caminar por Bolognesi adornado por árboles de moras y pasar por unas casa color cemento y que en la parte de la vereda tenía los restos del curso de una antigua acequia (ni imaginarnos que luego sería nuestra casa de la esquina de Trípoli y Bolognesi y todavía hay algunos rastros).

Por algún lugar debe haber también la foto de un niño parado en el encofrado de un puente que estaba en plena construcción (ahora puente Villena: el de los suicidas de hoy...); también es Pepe el que la tomó.

Para pasar de un lado a otro del malecón, había que bajar por una rampa de tierra (ahora hay una escalera) y cruzar por el puentecito de madera de la tradicional bajada de los baños. Y bajando un poco más, llegamos a las playas del Waikiki y el ¿Samoa?. La playa de Miraflores tenía en su camino unas duchas y cambiadores y no existía la Rosa Náutica sino que el espigón era mucho más corto y delgado. Contaba Pepe que con sus amigos iban en semana santa para poner un trapo rojo en el palo que se encontraba al final y que el mar, con su braveza lo bañaba.

Y la huaca "Juliana" (ahora "Pucllana"), porque así la llamábamos, que era un perfecto bicicross para la bicicleta roja sin guardafangos, llantas gruesas y contrapedal. Allí huaqueamos un poco y encontramos algunas calaveras con un poco de pelo y trozos de ceramios prehispánicos.

¡Ay Miraflores!, cuántos recuerdos y alegrías de niño que escondidos están en medio de nuestro día a día del adulto que labora sustentando otras vidas. Efectivamente, recordar, es volver a vivir deleitándonos del sabor añejo de nuestro pasado.

Danilo Gutiérrez Baella <
dafergu@yahoo.com> escribió:

Yo sé que soy de otra generación, pero puedo recordar el sonido "del silencio" que caracterizaban a las calles Berlín, Grau, Bolognesi (en el cruce con Berlín, antes de nuestra casa actual).

Recuerdo el 3 de octubre de 1,968 (día de la revolución de Juan Velasco Alvarado), un día muy soleado, con Alfredo de la mano y yo preguntando por qué las calles estaban tan vacías; mi hermano, siempre con la respuesta oportuna para aplacar los dilemas de un niño de casi 6 años, respondió: "Mira las flores del jardín..." - yo miré los clásicos jardines de entonces repletos de hermosos floripondios rojos / amarillos - "¡Hoy es el día que salen los ABEJORROS!"

Y punto. Suficiente motivo para mí el saberlo, y que por ello nadie salía de sus casas en esos días...

También continuará por este frente más adelante...

Dany


Víctor Alberto Gutierrez Baella escribió:

¡No hay vuelta que darle! Recordar... ¡es volver a vivir!

Bienvenidos los "capítulos" siguientes. Ah, ¡qué pena del Cine Colina y el restaurante "Colinita" ! (se nota que hace tiempo no paso por esa cuadra)

Cariños,
Tito

VICKY GUTIERREZ BAELLA escribió:

Continúa...

Gordillo, el zapatero alquilaba habitaciones a una familia negra con muchos hijos.

Un día a uno de ellos lo atropelló un carro y Papito lo llevó a la asistencia pública que quedaba al lado de los Raygada en Larco.

Cuando llegó el papá creyó que Papito lo había atropellado y se le vino encima y alterado, mientras la esposa le explicó que más bien lo había ayudado, diciéndole que era el esposo "de una de las niñas Baella".

El hombre agradecido le talló un marco para dos fotografías, finamente acabado y laqueado, que ahora tiene Tito.

En la calle Colón, a la altura de 28 de julio, quedaba la Farmacia Serpa, en donde también sentían los ruidos en la noche.

Desde San Martín, llegando a Colón hacia el lado derecho estaban todas las familias notables de Miraflores: Gallo Porras, Villena Rey, Henriot, padre de los amigos de Humberto.

Gallo Porras y creo que Villena Rey, fueron alcaldes de Miraflores.

En la acera de enfrente compró su casa Ciro Hoyle.

La calle Larco fue ampliada para convertirla en avenida cortando gran parte de las propiedades que ahí estaban, entre ellas la de los Raygada que, como todas las de la zona, tenían rejas y jardines antes de la casa.

Les dejaron como un metro y medio de "sala", que en realidad quedó como un pasadizo pagándoles lo que creyeron conveniente basándose en que el precio de la propiedad había subido.

A nosotros no nos tocaron pero tuvimos que pagar la plus valía que afectaba cuadra y media de las calles aledañas.

Por la casa pasaba un alfajorero pregonando justo a la hora de almuerzo, y Coco ya no quería comer sino que le compraran alfajor por lo que mi mamá habló con él muy educadamente, pidiéndole que no pregonara cuando pasara por la casa, y éste le respondió:

"Señora, si no pregono, no vendo"

Iba por la calle con su maletín, con guardapolvo blanco. Vendía alfajores de miel y de manjarblanco.

Estaba el pregonero de Revolución Caliente con su farolito,
y otro que pregonaba:

"¡Pavos! ¡Pavos gordos!",

el turronero con su tabla de turrones en la cabeza:

"¡Turrones! ¡Turrones...! ¡Túurroneroooo...!"

El Tamalero:

"¡Tamaleroooo! ¡Tamalerooo...! ¡Tamales calientitooos!

En la esquina de Larco se paraba un camión y pregonaban:

"¡Bonitos a 50 centavos...!"

A la Asistencia Pública que quedaba después de la casa de los Raygada en Larco, llegaba alrededor del medio día la ambulancia sonando la sirena... ¡¡¡!!! Los muchachos salían "a ver a quién traían..." ¿¿¿???
¡Pero no! Era para traerle el almuerzo en portaviandas al personal…

También estaban los escoberos:

"¡Escoberooo...! ¡Escobas!"

Entre los pícaros que existían, uno le vendió a mi mamá un perrito y luego pasaba por la calle silbando ¡y lo recuperaba! Así lo iba vendiendo por todo Miraflores...

Uno de mis caseros pasaba por la quinta de Berlín, un moreno que gritaba para que yo bajara mi canastita desde el segundo piso:

"¡Bajen el ascensor!"

A la vuelta de la casa quedaba una carnicería. Ahí fue donde mi mamá salió a comprar con Coco y vio a un señor de raza negra. Coco le dijo: "Mamá, mira ese nego". Mi mamá se puso en apuros, mientras él le jalaba el vestido: "Mamá, mira ese nego", y el hombre le dijo:

"¿Que no hay otro negro en Lima?"

Aunque esta historia es de Coco, y no de Miraflores...

Mi mamá iba con Coco, y a él se le antojó una raspadilla. Tanto insistió que se la compró pero no era como las de ahora. Le daban la forma en un vaso y la ponían en la mano del cliente.

Coco comió un poquito, y en cuanto pudo... ¡se la metió a la boca de mi mamá, que llegó renegando a la casa!

Esta historia continuará...

Mamita.


VICKY GUTIERREZ BAELLA escribió:
Asunto: RE: Para los que aún amamos Miraflores

Para: Alfredo Gutiérrez Baella
alfredog60@hotmail.com

AHORA VA A RECORDAR MAMITA:

¡TOMEN NOTA!

En la calle Larco en esquina con San Martín quedaba la casa de la familia Raygada.

José María Raygada, Carmen Raygada, una viejita muy simpática, su hija Raquel, Fernando, José María que fue a Alemania a estudiar medicina...

En la esquina alquilaban una pulpería a los chinos, "El gordo y el Flaco".
Cuando pasaron los años y le preguntamos al que quedaba: "¿Qué es de Eugenio?" Nos contestó: "Eugenio pa' Huacho".

En esa época, cuando le comprábamos nos regalaba paquetitos de caramelos de colores con forma de minas con puntitas, como yapa.

Ahí fue la niña Carolina (el nombre ha sido cambiado por respeto a la aludida) a enseñarle que tenía calzones nuevos...

Frente a nuestra casa, vivía Consuelo Raygada de Vidal, su esposo Jorge Vidal y su hija Moti.

Al lado de nuestra casa había un callejón en donde vivían un montón de familias; una se llamaba Tomasa, que hacía unos escándalos terribles.

Seguía una casa con fachada, muy modesta, del zapatero Gordillo.

En la misma acera hacia Colón estaba la casa de los Espinoza, que era gasfitero o electricista, o algo así.

Luego venía un portón que era la casa de Chauca, una vieja que tenía un hijo taxista y una hija.

Ella le regaló a Tata un vástago de parra, y de ahí vino toda nuestra parra. Ya casados, su hija era mi lavandera.

Más allá estaba la casa del Dr. Puntriano, su señora se llamaba Celia.
Tenía 7 hijos, y la menor era amiga de Alicia y de Delia, Elsa Puntriano, que se casó con el Capitán Núñez de Larco.

Los otros hermanos eran: Guillermo, Augusto, Ernesto, Alfredo, Luis, Elsa y Pepe. Uno de ellos era Médico.

La mamá era la que decía: "Como hecho de manos". Nos contaba cuentos, leía poesías... Muchas de las poesías antiguas que nosotras repetimos han sido contadas por esta señora.

Un día nos correteó hasta una quinta elegante que tenía cadenas afuera, y tuvimos que pasar por encima. Quedaba en 28 de julio. Todo se debió a que estábamos conversando con un muchacho morenito con ojos claros.
Le habían acusado que su hija estaba ahí y salió caminando por en medio de la pista batiendo los brazos. Yo también corrí, pero no tenía ninguna vela en ese entierro...

El administrador del Cine Leuro era un señor Iriarte.

Después de los Puntriano seguían los Novoa, con una empleada de muchos años en la familia.

Nosotras escuchábamos en la noche como que arrastraban cadenas decíamos que eran "las cadenas de los Puntriano", y ellos decían "que eran los Novoa". Nos tapábamos la cabeza con la almohada porque era impresionante...

Alguien dijo que eran corrientes de agua que pasaban por debajo. Venía con intensidad y se iba perdiendo.

En la esquina, que después compraron los Heraud (parientes del desaparecido poeta Javier Heraud), vivía una familia acomodada. Les compraron la casa a los Ganoza. Tenían vitrales y era lujosa y enorme.
Eran "zambos" de clase media y con carreras. Se dice que en esa casa desenterraron un tesoro y por eso tenían tanto dinero...

Uno de los gringos de SEARS, Potter, se casó con una de las hijas. Éste fue el que dijo: "¡Qué gusto ver tu gordo cara otra vez!" en una carta que le escribió a tu papá.

En la acera de enfrente de la misma cuadra estaba la hija casada de los Raygada, en la casa del costado vivía un señor del partido aprista, Lucio Alcalá, por lo que el día del cumpleaños de Haya de la Torre, 22 de enero, mi papá le lanzó una sarta de cohetones en la madrugada...

Al lado había un callejón donde vivía un negrito que nos molestaba cuando íbamos a la casa de Elsa Puntriano, y cuando mi mamá le llamó la atención para que no se metiera con nosotros, él contestaba a cada frase "Yes clarinete, clarinete yes".

Luego estaba la casa de los Gutiérrez. Al mayor le decían "El Elefante", porque era tremendo hombrón, alto y grueso, Raúl.

La madre decía por su hija Nelly:

"Mi hijita, con sus ojos color granadilla..."
"Mi hijita con su cabello no sé qué..."


Salía la hermana y le decía:

"¡Qué bonita eres...!"

De Larco a nuestra casa, había la carbonería de una japonesa que tenía dos hijas donde íbamos a jugar, ¡y salimos con piojos!

Nos enseñó algunas palabras en japonés. Les ayudábamos a pegar las bolsas con engrudo para poner el carbón.

Mi mamá no quería que fuéramos. Decían que era loca. Era la que le jalaba las orejas a su hijo porque decía que como Coco era inteligente y tenía orejas grandes:

"Orejas grandes, hijo inteligente"

Esta historia continuará...

Mamita

Alfredo Gutiérrez Baella escribió:

Sí hermanito, también se fue el cine Colina que ahora es un tremendo edificio así como el Coliinita, el Chino Félix, el turronero que estaba frente a la reparación despachando con su cincel y el vendedor de churros que se para en la esquina de la Diagonal con Berlín y el heladero con su lata con piedras que agitaba gritando ¡Heladero!. Se fue el viejo árbol ¡tan alto! que estaba en una especie de parquesito en la subida del malecón de los franceses y que ahora forma parte también del Terrazas y del zapatero que estaba en la cuadra 6 de Berlín y que era igualito a Gepetto.

¡Quién sabe si nosotros también seremos parte de los recuerdos de Miraflores, de las funciones de títeres y magia de Piquilín en el corral de comedias, de las clases de matemática que les dí a todos los del barrio (niños, algunos de los cuales ahora me traen a sus hijos) y de la memoria de los amigos que ya no vemos como los Delgado o los de la casa de Tato y Tito, qué será de los Chamorro o de los Abásalo y los Orellana...! Toda una serie de historias añoranzas que enriquece nuestra memoria y nos hace sentir que hemos vivido en un mundo de historias y personajes con grandes significados y que seguimos viviendo tiempos diferentes, a lado de otras generaciones.

>From: Víctor Alberto Gutierrez Baella
>To: Victoria Baella Baella
>CC: José Antonio Gutiérrez Baella , Rosa Victoria >"Gutiérrez" Baella , Alfredo "Gutiérrez" >Baella , Danilo Fernando "Gutiérrez" Baella >
>Subject: Para los que aún amamos Miraflores
>Date: Sun, 4 Feb 2007 02:07:37 +0100 (CET)>

>Familia y amigos, este artículo de una señora uruguaya que dejó aquí lindos recuerdos. Vale la pena leerlo y difundirlo. Me ha hecho volar tiempo atrás a mi casita en la quinta de Colón y luego al barrio de Berlín, cerca del cine Colina (¿aún existe, o se lo llevó el tiempo, junto con nuestro querido Champagnat?)
>Tito.

>>>> 30 de diciembre del 2006
>>>> La aristocracia del viejo Miraflores
>Rosalba Oxandabarat
>La Insignia. Uruguay, diciembre del 2006.

Miraflores tenía su calle principal, Larco, donde convivían unas cuantas tiendas y boliches, el correo, algún supermercado.

Había una tienda rara y exquisita que enseñaba telas bordadas y encajes hechos a mano, delicadísimos, como salidos de un convento. En Navidad en esa tienda se armaba un árbol mucho más hermoso que el del Rockefeller Center, artesanal, soberbio, algo sombrío, como afín a los duendes y a los fantasmas.

Larco estaba atravesada por calles laterales tranquilas y pausadas, con casas o edificios de apartamentos más bien bajos, donde podían brotar esas increíbles Santa Rita de fogoso color lacre. En el extremo occidental de Larco, se abría el parque de Miraflores, frente a la iglesia, con unos enormes leones de bronce cerca de la esquina y un monumento en el que Kennedy parecía emerger de un sauna. En el extremo oriental, sobre el Pacífico, esa altísima rambla sobre el barranco que se llama malecón, se ensanchaba en el parque Salazar, lugar de flores y de niños, de globos y manzanas recubiertas de caramelo y donde unas señoras de la vecina parroquia atendían un pequeño kiosco con delicias caseras. Al lado del parque Salazar estaba la quebrada de Armendáriz, con su negra leyenda propia, la del último ajusticiado civil en el Perú, un negro acusado de violar y asesinar a un niño en los años cincuenta (Julio Ramón Ribeyro incluyó el hecho en su novela "Cambio de guardia", y Francisco Lombardi se estrenó en el largometraje con el mismo asunto en "Muerte al amanecer").

Alguien escribió una vez en un artículo, en Brecha misma, creo, refiriéndose a Miraflores como "el aristocrático barrio de". Quien tal cosa firma y afirma, o no sabe lo que es aristocrático, o no conoce Miraflores. Barrio sobre todo de clase media, con bolsones populares en callejones que convivían tranquilamente con las amplias casas acogedoras, con bodegas (almacenes) de escasa prosapia, bodegas de chinos donde se podía comprar el arroz o el azúcar al peso, con chinganitas donde un menú criollo costaba unos pocos soles, con mínimas lavanderías o zapaterías "atendidas por sus propios dueños".

Así era Miraflores a mediados de los años setenta, y más o menos así se mantuvo hasta mediados de los ochenta, aunque numerosos signos indicaban entonces que había comenzado a cambiar. En ese barrio había leyendas y personajes que, entonces, parecían eternos.

Un hombre menudo, barbado, pulcramente vestido, que se paraba todos los días en el parque frente a la iglesia, munido de un cuadernito y un lápiz. A veces se sentaba en un banco cercano, o daba alguna vuelta por el parque pero siempre sin alejarse de su esquina. Algunos me dijeron que había enloquecido siendo niño porque, esperando a sus padres a la salida del colegio -a pocos metros quedaba el Champagnat de los hermanos Maristas, uno de los escenarios del cuento Los Cachorros", de Mario Vargas Llosa-, los había visto morir ahí mismo, en un accidente de tránsito. Otros aseguraban que, siendo apenas adolescente, vio morir en esa esquina a su enamorada a la que esperaba a la salida del colegio. Cómo sería. La muerte y el colegio se repetían, variaban los sujetos. Él, no explicaba nada; no hablaba con nadie.

En la calle Fanning estaba el negro Guillermo, igualito al Macunaíma de Joaquim Pedro de Andrade, un completo showman con sus ojos saltones que hacía las cuentas en el aire con su gran cuchillo mientras discutía con las clientas sobre la discutible calidad de la carne que les vendía. Ningún manager descubrió a ese negro genial, sólo las vecinas que preferían esperar horas en la apretada carnicería en vez de ir al supermercado cercano, para reírse gratis con ese infaltable show cortesía de la casa.

Unas cinco puertas más allá, un viejo zapatero atendía con discreta cortesía virreinal en su covachita repleta de clavos y pedazos de cuero. Nunca supe su nombre, porque mis dos hijos lo llamaron, desde el primer día, abuelito -los niños del exilio diseñan familias a piacere, a falta de la biológica-. Abuelito nunca quería cobrar los arreglos de las botas de Soledad: "si es para la princesa, no se cobra". Y ni modo de cambiarlo. Sería porque la "princesa" lo primero que hacía era subírsele encima y besarlo y preguntarle cosas tirándole de la barba. Similares resultados obtuvo con el negro Guillermo, que también le otorgó carácter real, y con él, regalos de bifes de lomo que misteriosamente aparecían en el paquete con la carne encargada. Sería que ninguna otra criatura era capaz de saltar el mostrador y abrazarlo sin miedo a su revoleo de ojos y de cuchillos: la alegría de Guillermo ante esas confianzas dejaba sus ojos del tamaño de platos de postre.

Casa por medio con Guillermo, estaba la pequeñísima bodega de don Alfredo -doña Alfredo, le decía Julián a los dos años- un chino altísimo y muy blanco, cuyos sobrios y pacientes modales, inalterables por berrinchosa que fuera la clientela, parecían más propios de un mandarín que del dueño de una tiendita tan minúscula y pobre. Y entre Guillermo y doña Alfredo, en un viejo callejón -suerte de estrecha calle interior donde se alinean unas cuantas viviendas- vivía la abuelita del Motita. Pequeña, firme, con una gran mata de pelo blanco, caminaba todo el día de acá para allá llevando y trayendo viandas con las que se ganaba la vida. El Motita era su perro, y gracias a él y sus juegos en el parque Salazar le fue concedida la abuelez por mis dos desabuelados niños.

La abuelita del Motita no se cansaba nunca, ni de los niños, ni de las viandas, ni de las caminatas. "Dolor de pies, vejez", decía cuando alguien le preguntaba por qué no paraba un poco. Algunos domingos, la abuelita del Motita se aparecía en casa llevando de regalo unos tamales para el desayuno. Igual que el zapatero, nunca quiso cobrar. Cosas de abuelos. Cuando volví a Miraflores en 1995, a diez años de la partida, no estaban ni Guillermo, ni doña Alfredo, ni el viejito zapatero. No quise saber si se habían mudado, de barrio o de mundo.

Total, Miraflores había cambiado tanto que quizá nadie podría informarme. Al parque Salazar le dejaron menos parque, le pusieron terrible centro comercial, con cines y todo, ahí, colgado del barranco: Larcomar. Los edificios altos que antes eran contados atropellaron Larco, el malecón, las calles laterales (es que se olvidaron de los terremotos, que mantuvo chata a Lima tanto tiempo; el último fue en 1974). Aparecieron negocios de fast food y galerías con tiendas feas, y cibercafés y hoteles enormes, academias de cualquier cosa, ruido y embotellamientos. Como si el destino ya sufrido por el centro de Lima fuera inevitable para cualquier distrito apetecido de la capital.

Algo mareada deambulo en ese regreso por los alrededores de mis calles, Fanning y Diego Ferré, y doy con el Auditorio de Miraflores, sobre Larco y a la vuelta de Fanning. De pronto veo sentada en un banquito bajo, mucho más chica que en mi recuerdo, a la abuelita del Motita. Un policía que hace guardia por ahí me dice: "¿La conoce?". "Creo que la conocí". "Hace años que para aquí", me informa. Y agrega, después de una pausa: "Ya no ve, está ciega. Y ella dice que tiene cien años". Me acerco a la viejita y compruebo sus ojos sin mirada, calmos, congelados en una nube clara. Siente mi presencia y me ofrece su escasa mercadería -fósforos, cigarrillos sueltos. Le compro algo y le pregunto si es verdad que tiene cien años. "Será pues, hijita, ya no los cuento". Luego tanteo a ver si me recuerda. Le doy datos, la casa, la dirección, los niños, el Motita. Queda pensando. Vacila. Al final parece despertar: "¿Tú eres pues la uruguaya?. ¿La mamá de aquellos chiquitos bien traviesos?" Recién sonríe. Me pregunta si ya van al colegio; universidad, para entonces, pero la dejo en los años largos. "Bien bonitos, tus hijitos, bien gringuitos. Y qué palomilla". No pude sacarle nada más. Quedó allí quieta, muda, mirando a nada, quizá volvió al viejo parque Salazar con el Motita y sus nietos postizos corriéndole atrás, o mucho más lejos en el tiempo porque -saco la cuenta- si es verdad que tiene cien años, en la época de esas correrías ella andaba entre los ochenta y pico y los noventa.

Imposible. Bueno. No más imposible, al fin, que un carnicero tenga más gracia que Míster Bean, un chino almacenero la dignidad de un mandarín y un anciano zapatero el desprendimiento de un marqués. Guillermo, doña Alfredo, la abuelita y el abuelito: cuánta gentileza antigua y sabia, cuánto don de gentes y calidez hacia el forastero en esos humildes habitantes de la vieja Lima, del "aristocrático" Miraflores. Pero quizá aquel reductor articulista tuviera razón. Ellos son la aristocracia; de un barrio, de un tiempo, de los recuerdos. Y como la antigua nobleza de los cuentos, también desaparecen.

ADIOS A EL RANCHO (Miraflores, Lima Perú)

Amigos y familia:

Tengo que confesar que (para mí) el año 2008 se ha convertido en el de la inevitable nostalgia.

El lunes 8 de setiembre el local de la entrañable pollería de nuestra niñez, EL RANCHO de Miraflores, fue demolido para dar paso a la modernidad... y al olvido.

Danilo


Diario El Comercio, DOMINGO 7 de setiembre del 2008

CONTRACORRIENTE
El adiós a El Rancho
Por Miguel Ángel Cárdenas M.

Parece un pueblo fantasma infantil. Y no hay más vuelta --del trencito-- que darle: El terreno de El Rancho de la cuadra 26 de la avenida Benavides fue vendido y será dividido el próximo año en dos partes: una para un condominio de dos manzanas que será publicitado como ecológico y otra para un negocio comercial todavía no determinado. Y hasta Eli Alcedo, el jefe de seguridad de los nuevos dueños y quien se hará cargo de la demolición, siente pudor mirando el terreno muerto: "Yo me acuerdo que aquí venía Yola Polastri cuando cantaba 'Allá en mi rancho bonito'". En las últimas semanas llegaron personas dolientes y Eli tuvo la buena sangre para abrirles las rejas por última vez: "Como una señora de 42 años que celebraba con sus padres sus cumpleaños acá y después los de sus hijos... solo quería pasar y sentarse otra vez en un columpio y cómo lloraba".


Porque --en vísperas de la demolición-- es como entrar a la antesala de una morgue de juguetes. Aquí conviven personajes característicos que hermanan infancias y generaciones: la corroída cabaña del setentero Robin Hood con su escudo de leones, la marchita casa de la ochentera Fresita con lámparas coloniales y la estancia resistente de Los Picapiedras. También los juegos mecánicos oxidados con la figura de Winnie Pooh, el perdurable trencito con la imagen de Blancanieves junto con los más actuales Power Rangers, Spiderman y Barney. Del engreído golfito solo queda un espacio yermo --igual que con las camas elásticas-- junto a los desvaídos columpios con el logo de Inca Kola, una lanchita abandonada y un trineo con venados enmohecido.


Quizá por un tiempo largo más muchos sigan diciendo en el microbús: "Baja en El Rancho". Pero es un proceso arquitectónico ineluctable en toda Lima, y sobre todo en Miraflores, que las casas y construcciones antiguas sean compradas y reemplazadas en nombre de la modernidad. El crecimiento para arriba reemplaza a la estética horizontal antigua.


El artista Alonso Núñez vivió en el Miraflores de fines de los años 50 y recuerda de pequeño ese sitio en medio de chacras que fue una de las primeras pollerías citadinas de la historia (a diferencia de la fundadora La Granja Azul, que quedaba fuera de la ciudad). "Yo pude ver cómo construyeron el trencito, el golfito y se fueron incrementando esos juegos que duraron hasta cuando llevé a que mis tres hijos celebraran sus cumpleaños. Los momentos de gloria fueron en los años 70 y 80, era un lugar tan agradable, campestre, sobre todo muy concurrido en las noches. Aunque siempre un poco caro".


Para Alonso Núñez es simbólico que hoy se ubiquen en la misma avenida Benavides: el Pardo's Chicken y La Caravana, que le quitaron protagonismo a la prístina pollería (aunque se sabe que los dueños de estos negocios, Arnold Wu y Carlos Meza probaron sus primeros pollos 'allá en el rancho grande'). "El entorno ya no era rural y se fue asfixiando entre cementos. Y cambió el concepto, la ciudad se come todo, con El Rancho muere el último representante de ese modelo. Antes la avenida Benavides estaba llena de casas antiguas y bonitas, igual que la Ricardo Palma. En Barranco sí han visto un valor agregado en eso, pero en Miraflores nadie se dio cuenta y todos solo quieren modernizar".


El veinteañero Luis Carlos Burneo, autor del blog "La habitación de Henry Spencer", grabó en Internet los lugares que se fueron haciendo espectrales con los años. Y por contestataria nostalgia celebró su cumpleaños 26 en el castillo número 2, por 250 soles: "Fue de 2 de la tarde a 7 de la noche como siempre, y llevé a los grupos de rock Sonoradio y Pestaña. Pero también tuve piñata, torta y bocaditos como cuando era niño y había muchas fiestas simultáneas. Conversé con la administradora y me dijo que no era original, que muchos jóvenes melancólicos lo hacían". Burneo encontró todos los juegos "igualitos, pero viejos y descuidados. Y pensar que en los años 80 era como ir a Brujas de Cachiche". Los últimos años de El Rancho fueron de debacle fantasmal: "Veías a una anfitriona muy guapa, a 15 meseros y cuatro cocineros que parecía que esperaban atender a un banquete de ejecutivos y no le vendían a nadie. A mí me daba pena y compraba un sándwich de 7 soles". Fue socialmente simbólico lo que ocurrió después: a comienzo de década, al frente llegó un Norky's con su estética multicolor, "que vendía mucho... Y vi que El Rancho le abrió sus campos también a personas de la Lima norte y sur que alquilaban el local los fines de semana y llegaban en combis". Pero parece que el dinero no fue suficiente.


No quiere aparecer como el villano de los antiguos niños. Por eso, Ayar López Cano, presidente del directorio de Poblete Diseño y Construcción, que compró los 25 mil metros cuadrados de El Rancho en 7 millones de dólares, especifica: "Voy a intentar mantener los juegos y el espíritu del sitio, porque yo también celebré mis cumpleaños aquí en los años 70 y me voy a venir a vivir también por el cariño que le tengo al lugar... Pero ya no daba más, lo hemos rescatado porque había malezas y ratas... No es que los anteriores dueños quebraran desastrosamente, sino que se dieron cuenta de que los esquemas actuales no son para tener una pollería en un espacio tan grande. A lo mejor capitalizan en una pollería más chica y les damos espacio en nuestra parte comercial".


El sociólogo Santiago Alfaro examina el cambio de estética: "El estilo neón-moderno se ha multiplicado por la alta competencia existente en ese mercado. Las pollerías no pueden diferenciarse por los pollos, casi todos son los mismos, lo hacen por sus colores. Es una estética de nuevo limeño, extendida en el ámbito nacional". Los colores de El Rancho (rojo, anaranjado y amarillo), antes de la demolición, lucen ocres y polvorientos.


Además en el ámbito de los símbolos la hegemonía se conquista con legitimidad, "no necesariamente con masividad. Ahora la estética polleril legítima es Pardo´s Chicken, otro tipo de restaurante de autor. Y lo masivo es Norky's, nuestro Mc Donald's". El Rancho habría perdido legitimidad y masividad también en su otro rubro, el de diversión infantil cuando era un "Huampaní miraflorino" : "Los éxitos gastronómicos también se explican por los rituales sociales, por las transformaciones del uso del tiempo libre. Y el tiempo libre invertido por la gastronomía de comida rápida fue tomado por las transnacionales: las fiestas en el Kentucky, en el Mc Donald's. La gente que llevaba a sus hijos a El Rancho a comer y jugar, ahora los lleva a una de estas o a Bembos, hay uno con oferta para que jueguen los niños en la misma avenida Benavides, muy cerca". Era, pues, el fin de una etapa dorada como sus papas fritas, que los niños pedían en cucuruchos. Hoy, en su honor, solo queda dedicarle un minuto de ruido (y travesura intensa).

lunes, 27 de octubre de 2008

UNA ORACIÓN...

ORACIÓN
Por Danilo Gutiérrez Baella (Año 2005, revisado en 2008)


Gracias Señor por haberme permitido hoy comprender tantas cosas…


He visto a mi pequeña reír al despertar, y reclamar su beso tibio de madrugada antes de empezar el día.


He visto el sol atravesar esa nube que ahora ilumina con ribetes dorados y fondos grises, impactando con sus rayos las montañas y creando el contraste de color que llena mis momentos de tensión y los cambia por fascinación.


Hoy he sabido Señor que si aún tengo padres, es porque Tú me regalas con sus años cada segundo de tu Sabiduría. Que aunque los tenga lejos, siempre están a mi lado, y cuando los vea partir hacia Ti, marcarán el Camino de Amor que deberé seguir sin temores de quedar en soledad. Su semilla siempre vibrará en mí como cuando me engendraron, llenos de Ti, Señor.


He visto hoy sonreír al amigo. Ese amigo al que nunca esperas, pero que siempre está ahí. Ese amigo que sabiendo que mortales somos y que un día no me verá, ansía escuchar mi voz y recibir mi aliento aliviando males de su alma que quizás nunca llegaré a conocer.


He visto que existe un sol detrás del smog, y que es hermoso sentirlo calentar mi frente al asomarse con timidez.


Observo que hay flores rojas, violetas y blancas adornando el negro hollín de las paredes que sostienen ese pequeño balcón…


Y, finalmente, he comprendido que la esperanza, esa que Tú nos das Señor, no existirá si nosotros mismos no miramos por una sola vez a la inmensidad de tu Cielo, y luego la extendemos con emoción hacia los ojos de un niño… ¿Qué experiencia humana más bella se compara al estar aquí, entre el Cielo y los dulces ojos de un niño?


Por eso hoy, Señor, aún temblando sobre este dintel altísimo, miro los pisos que pretendía recorrer hasta el duro concreto de las calles bajo mis pies. Calles pequeñas, hormigueantes de gente apurada que no espera ver caer pesadamente mi cuerpo descontrolado interrumpiendo su alocado andar…


Hoy señor, retrocedo uno, dos y tres pasos. He decidido aspirar todo el aire que regalas a mis pulmones renacidos e ir en busca de esos ojos de niño, ya que en los míos, tu inmenso Cielo quedó prendado para siempre.


Y embelesado por tu sublime Amor, te pido con estas lágrimas puras… ¡PERDÓN SEÑOR!


Hoy vuelvo a vivir en Ti, y para Ti.


AMÉN.

MONADAS CITADINAS...

EN NOMBRE DE MI AMO
Un cuento de Danilo Gutiérrez Baella (Año 2007)



Un ventarrón fresco sacudió mis pestañas, y el chirrido disonante de un organillo destempló mi dentadura. Volví la mirada, y el causante de tal desacierto se encontraba allí. Un viejo desgarbado, con chaqueta raída y colores de payaso alicaído, sacudía su organillo con violencia buscando las notas perdidas entre telarañas de polvo y engranajes oxidados.




Asomó de la caja apolillada el gorrito marinero de muñeco, y luego la cabeza erizada del mono asustado por los temblores iracundos de su amo. El pobre animal trepaba y descendía con rapidez, y con los nervios crispados, buscaba liberarse del collar de cuero que impedía la ansiada huída por los verdes matorrales del parque.




Me acerqué al viejo, y le vi más sucio y andrajoso que antes. “¿Cuánto es?” – le pregunté – “Dos soles nomás, que estoy de oferta…”. Metí los dedos en mi bolsillo de jean apretado, tratando de no confundir la moneda de cinco con las de a sol.




Pagué los dos soles al señor. Mientras tanto el mono me ignoraba, y seguía en su intensa lucha por la libertad. El viejo sacó una varilla, y dio con ella un golpecito en el gorrito marinero del mono. Con grandes gestos, mostrando los colmillos, el mono reclamó a su amo el golpe e hizo ademán de entrar al cajón para cumplir su tediosa labor. Pero antes se detuvo congelado, y se dedicó a observarme. Mi mirada se cruzó con la del mono, y les juro que entrecerró sus ojos, los volvió a abrir con lentitud, y guiñó el izquierdo antes de ingresar a su cajón.



Una espera incómoda se traducía en miradas extraviadas del viejo y mías hacia el piso, los árboles, nuestros zapatos, y coincidieron ambas en el apolillado cajón. Nada, el mono no salía. El viejo carraspeó dos veces, y el mono no salió. El viejo dio con su varilla contra el organillo, casi quebrándose ambos por el impacto, pero el mono no salió.



Entonces el viejo, con el rostro colorado y las manos temblando por la rabia que le produjo la insurrección de su pequeño esclavo, encendió un fósforo y lo arrojó por la abertura circular del cajón. Asustado por la integridad del animal, traté de evitar que el fósforo ingrese al cajón, sin éxito. Volviéndome al viejo organillero, increpé airado su terrible crueldad para con el animal. Pero quedé en silencio al ver que del orificio del cajón brotaban bocanadas de humo, argollas de humo, y hasta perfectos corazones de humo. Luego, asomó el bracito del mono con un pucho viejo entre sus delicados dedos, el mismo que, a ciegas, arrojó encendido y con asombrosa puntería hacia la cara de su amo.



Ante eso el viejo, al borde del histerismo, gritó improperios, y el mono nunca salió. El viejo, desesperado por la rebeldía del animal, sacudió con violencia el cajón. Sólo entonces el mono asomó su gorrito marinero por el orificio, alargó su brazo, y me alcanzó un papelito verde enrollado y amarrado con un delicado hilo dorado.



Dejé al viejo y a su organillo, molesto por el maltrato en contra del pobre mono, y casi olvido abrir el papelito de color verde entregado con sufrimiento y resignación. Al cabo de diez lentos metros andando por el sendero de piedras lisas y azuladas del parque, salpicadas todas de césped mal cuidado, y brillantes por el suave sol de la tarde, me detuve. Desaté el hilo dorado que rodeaba el papelito verde, el mismo que decía:



“¿Te gustó mi show? Yo soy el amo del organillo, y le doy de comer a este señor. Él no es tan malo como parece.

¡Buena suerte, y que tengas un bello día!

El Mono”.




Sorprendido por el mensaje tan directo y personal, retrocedí unos pasos y volví a enfocarme en el viejo organillero. Él estaba junto al mono compartiendo con cariño un barquillo sin helado, boca a boca. El mono estaba masticando tranquilo, y con sus manitos rosadas sujetando un trozo de barquillo, volvió a mirarme, sonrió, y guiñó el ojo izquierdo otra vez.

UN CUENTO DE MIEDO...

SOMBRAS DEL PASADO
Cuento de Danilo Gutiérrez Baella (Año 2008)


Era agosto, mes de mucho frío y humedad, sobre todo en Magdalena donde vivíamos con mi familia. Los vidrios biselados de la sala de mi casa antigua parecían transpirar por el calor que había adentro. Un calor inusual, debido posiblemente a la gran reunión que estaba ocurriendo por motivos que ninguno de los invitados conocía. Simplemente era un momento de reencuentro entre amigos.


Pero yo sí sabía lo que ocurría. Luciana (mi hermanita menor) no podía dormir desde hacía varias semanas. Lloraba en su habitación, gritaba a cualquier hora del día y de la noche, salía corriendo buscando refugio en los brazos de mis padres. Ellos demoraron en enterarse del motivo de sus temores: Luciana era visitada por una señora chiquita y muy viejita, vestida con un traje negrísimo con un velo que le cubría el rostro. El siniestro personaje no hablaba nunca, y aparecía de pronto apoyada en una esquina de la pared.


Pero Luciana, a pesar del velo, le llegó a ver la cara una noche de esas. La mirada de la viejita se clavaba en la suya, como petrificada, atemorizada, queriendo saber sus pensamientos. Esa vez Luciana, echada en su camita, vio como la viejita sorpresivamente se despegó de la pared y corrió a cogerla de los hombros lanzando un chillido espantoso, cubriendo con su sombra el cuerpecito de mi hermana. Luciana casi se priva de tanto llanto. La encontramos debajo de su cama, echa un ovillo, con los ojos desorbitados.



Mi mamá sufría mucho, pero no le creía a Luciana. Ella pensaba que mi hermanita empezaba a mostrar problemas mentales, y no sabía qué hacer. Pero mi papá decía ver en los ojos de su hija la verdad, y decidió hablar con mi tío Pedrito, padrino de Luciana. Estaba desesperado.


Mi tío Pedrito le dijo a mi papá que había hecho bien en buscarle, porque justamente había sabido de un problema de cosas sobrenaturales en la casa de sus suegros. Ahí había ido un señor extraño, pero muy conocido como espiritista. Le llamaban “Doctor Látigo”, porque cuando hacía sus exorcismos acostumbraba a dar de latigazos al suelo, al techo y a las paredes.



Mi papá llevó al Dr. Látigo a casa, y se lo presentó de pronto a mi mamá. Ella lo recibió por educación, pero se notaba que estaba muy molesta con mi papá. Después de acompañar al Dr. Látigo por toda la casa, les pidió a mis papás lo dejaran sólo en la habitación de mi hermanita. Con recelo, mi mamá aceptó, y el Dr. Látigo cerró la puerta con fuerza dejando mudos a mis padres.


Desde adentro se escuchaba la voz del Dr. Látigo hablando a alguien en voz alta primero, como llamándola. Luego, se escuchaba que hablaba muy bajito. Yo no estaba con mis papás, porque me quedé escondida detrás de la puerta del baño para ver que pasaba, helada del miedo. Luciana ese día estaba en la casa de su padrino jugando con mi prima Esther, en combinación con mi papá.



Dr. Látigo salió transpirando del cuarto de Luciana, y les pidió a mis padres que le acompañen al jardín para hablarles. Yo les seguí un poco de lejos, pero llegué a escuchar todo. El Dr. Látigo contó que la señora que Luciana veía era el espíritu errante de una antigua residente de nuestra casa. La señora en vida sufría de trastornos mentales, y dormía en el cuarto que mis padres le dieron a Luciana. La cama de mi hermana estaba situada donde la señora tenía su mesita donde solían darle de comer, y parece que eso le turbaba demasiado. Por eso molestaba a Luciana, y la miraba con temor y extrañeza al mismo tiempo.



El Dr. Látigo les pidió a mis padres que organizaran una gran reunión de amigos y familiares más cercanos. Mientras que todos estuvieran distraídos en la sala y comedor principal, él estaría haciendo una sesión espiritista en la habitación de Luciana.


Esa noche los invitados fueron llegando uno a uno, saludando y agradeciendo la buena idea de reunirnos con ellos después de tanto tiempo. La casa se fue llenando de gente hasta casi reventar. Pero por el frío de afuera, nadie se atrevía a salir al jardín. Adentro todos tenían puestas gruesas chompas y casacas acolchadas, porque el frío parecía haber aumentado dentro de la casa. Yo puedo jurar que vi salir vapores de las bocas de nuestros invitados de tanto frío que hacía, y las caras de extrañeza eran comunes en los presentes.


Me acerqué a la puerta del cuarto de Luciana. Apoyé mi oído para escuchar, y me retiré al contacto con lo que parecía ser un témpano de hielo. La puerta estaba congelada, y ningún ruido salía detrás de ella. Mis papás aparecieron de pronto, y me pillaron. Pero antes que me sacaran, les pedí que rozaran la puerta, y saltaron de la sorpresa.


Ahí nos quedamos los tres, y el tío Pedrito se unió al grupo. Pero luego sucedió algo más extraño aún: la puerta empezó a transpirar, y un calor muy fuerte salió de ella. Todos en la casa empezaron a retirar sus chompas y casacas, quedaron en camisas, blusas y polos, y transpiraban encima. “¿Qué pasa?”, preguntaban los invitados. Luego de una hora así, todo parecía volver a la normalidad.


Cuando menos lo esperábamos todos, el Dr. Látigo abrió la puerta oliendo a perfumes y agua florida, lleno de maletines y bolsas colgando de sus manos y hombros. Él dijo: “La muertita ya se fue, ya descansa en paz. Por fin entendió su tiempo y su lugar, pero fue muy difícil convencerla porque hasta en espíritu continuaban sus problemas de atraso mental. La casa está limpia.”


Todos los invitados se fueron retirando comentando acerca del loco clima que tiene Lima. Mis papás agradecieron al Dr. Látigo, le pagaron algo que no vi, y con vergüenza le dijeron adiós por la puerta de atrás.


Ahora que han pasado los años y estoy en la universidad, me pongo a pensar cuántas viejitas y viejitos estarán a nuestro lado caminando por nuestra habitación, reclamando sus antiguos espacios. Pero nuestros ojos de jóvenes mayores ya no nos dejan ver a estas almitas errantes. Al menos Luciana (que ya termina pronto el colegio…), no guarda algún recuerdo de esos momentos escalofriantes, donde fue cubierta por la sombra de un pasado que nunca se quiso ir. Esos recuerdos viajaron sujetos por las manos espectrales de la viejita de negro a otros lugares que ojalá nunca lleguemos a conocer.

martes, 21 de octubre de 2008

ALFREDO, a quien se dedica Aunque sea sólo en sueños...

Alfredo Gutiérrez Baella es padre amoroso, maestro, confidente, excelente promotor del cuidado en la educación de los más pequeños, y compañero fiel. Es ferviente creyente en Dios y en la Vírgen María, gracias a la cuna familiar y a su sólido vínculo con la Comunidad Marista.

En el recuerdo del autor del libro Aunque sea sólo en sueños, su hermano Alfredo aparece como el mejor amigo y guía de juventudes que pudo tener a su lado.

Hasta ayer 20 de octubre de 2008, Alfredo llevó consigo un tumor en el paladar, y que gracias a la Mano Divina del Señor pudo ser extirpado por el buen staff médico de la Clínica San Borja de Lima, Perú.

Habrán entonces muchos recuerdos hermosos más que contar y retener en nuestra memoria, donde los hermanos ahora adultos y sus familias seguirán soñando y construyendo juntos una vida plena de bondad y alegría.

Hasta el próximo libro entonces, querido Alfredo.

miércoles, 15 de octubre de 2008

AUNQUE SEA SÓLO EN SUEÑOS también se vende por internet...






Ahora también puedes adquirir el libro Aunque sea sólo en sueños por INTERNET desde cualquier parte del mundo, accediendo a:


Perubookstore.com/Literatura Peruana/Nuevos talentos

ó

Librosperuanos.com/Novela




viernes, 10 de octubre de 2008

AUNQUE SEA SÓLO EN SUEÑOS, ¡ahora en GOOGLE!

Para beneplácito de los seguidores de los primeros pasos en la carrera de escritor de Danilo Gutiérrez Baella, su primer libro Aunque sea sólo en sueños también puede ser encontrado en Google haciendo un click en la pestaña Libros (Books) desde su pc en las ciudades de América, Europa y Australia.