lunes, 22 de diciembre de 2008

DIÁLOGOS CELESTIALES


NOVIEMBRE 22

Un cuento de Danilo Gutiérrez Baella (2008)




Veo todo desde allí: dos seres de la mano, juntos y expectantes ante el dolor feliz de la mujer. Gran expectativa, mucho movimiento, lágrimas de felicidad, pero, “¡Qué hora tan incómoda escogió este niño para venir al mundo!”.



¿De quién hablan? ¿De mí? ¿Cómo entiendo esto, Padre? Y Él sonríe (como se sonríe en Espíritu), pero sigue en Sus Santas ocupaciones dejando dos Ángeles Guardianes a mi lado.



“Mira”, y asomo por algún lugar que me abre el Ángel con su dedo índice. Loca soledad, brusca multitud, mezcla de grito, odio, algarabía, cambio de ambiente; y cuatro pequeños se miran con dedos cruzados, ojos inquietos, agitados por el hermano que vendrá, y que sabe Dios cómo…



“Cómo estará Mamita…”, medita el mayor…


“Yo no cambiaré pañales…”, asegura el segundo…


“Que sea mujer, que sea mujer…”, reza la hermana…


“Éramos cuatro, yo era el menor… ¿quién me va a atender ahora?”, se queja el más pequeño de ellos…



Ante el descuido del Ángel, miré más allá. Ya no hay tiempo para volver la mirada. Allí está el gran vehículo negro en un tiempo y lugar distinto, con esa multitud de seres delirantes. Gente corriendo al lado, coche descubierto, cabezas sonrientes bajo el sol matutino detrás del conductor, árboles, edificios, banderitas, grandes pancartas, y… ¡un trueno! La cabeza del hombre golpea a un lado. ¡Otro trueno! Un movimiento brusco regresa la cabeza al otro lado. La mujer salta sobre el carro, se arrastra y grita… ¡Mil gentes gritan, lloran, se retuercen mientras esos hombres cubren a la persona herida y…!


¡Basta!” grita el Ángel sorprendido, increíblemente molesto. Su resplandor natural se opacó al afirmar con severidad: “No es tu tiempo, ni es tu lugar en el mundo que hemos preparado para ti”. Vuelvo la mirada (de la forma que sólo en Espíritu puedes mirar).


“Si no es para mí, ¿por qué puedo ver esto al mismo tiempo de quienes dices serán mis compañeros de vida? Declaras también que la mujer que sufre por el dolor será quien me guíe y enseñe a vivir en ese mundo… ¿por qué escucho esas palabras que suenan como quendi, kenid o quénedi, tan fuerte y tan cerca de ella, si es que ese mundo que también veo no será mi mundo?”


El Ángel preocupado se acerca al Señor, y explica el incidente. Dios mueve su Santa Cabeza gacha hacia los lados, y se acerca a mí desde los miles de kilómetros, millas y metros celestiales en los que se encontraba.


“Este será tu sino”, sentencia Dios. “Tendrás visiones de sucesos y obras que no sucederán ni existirán aún, pero que con tu aporte podrán o no darse en el tiempo de paso por la Tierra. Algunos rasgos de mi divinidad quedan adheridos a los seres que empiezan su corta vida en la Tierra, sólo para servicio a los demás, pero el hombre lo utiliza para fortalecer el trabajo de nuestro vecino oscuro y rebelde proveniente del sub mundo, alguna vez residente de este cielo”.


“No esperes ser comprendido, ni entendido. Vive con buenas obras y buenos ejemplos, y disfruta de los logros no entendidos con felicidad, pues luego será la de muchos. Llorarás por lo que no logres cumplir, y creerás que Yo te he abandonado, una y otra vez, hasta darte cuenta que necesitas justamente de esas dudas y experiencias para tenerme más cerca”.


Y el Señor me dice algo más que no entiendo muy bien, con respecto a lo que acabo de ver: “La gente sufrirá a partir de entonces, y se echarán culpas ajenas, libre albedrío, ¿qué puedo hacer?… Kennedy aún viv…


¡Agua, mucho agua! Luz que ciega, grandes telones blancos salpicados de carmín. Impacto desconocido sobre mí que me obliga a aspirar algo sin lo cual ya no puedo vivir. Grandes movimientos, fríos intensos, y el calor de esa mujer, tan dulce… tan llena de Dios.


…………..


¡Es un año en mi nueva vida! ¿Por qué nueva? No sé, sólo repito lo que oigo de una y otra persona, de mis papis…


Hay torta, quiero comerla, lindos colores… Mis hermanos corren, uno me mira serio cuando los demás no están aquí. ¿Por qué? Estoy inquieto, veo cajas de colores que las abren, sacan cosas de colores que no sé que son, unas suenan y otras tienen lucecitas. Mi mamita y una tía me la muestran riendo, parece que me las van a dar, yo estiro los brazos, y las guardan otra vez. Dicen que son mías, y no me las dan. ¡Malas!


No entiendo. Pensé que esta reunión era para mí. ¡Japi verde, japi verde! ¿Qué es eso? ¿Se fue la luz? Ah no, ya volvió, pero la torta tiene un humito. Raro. No sé, pero todos cantan eso, me miran, hablan al mismo tiempo y soplan no sé qué. ¡Ah, bueno! Torta en mi boca, y aplasto mi cara en mi trozo para comer más rápido. ¡Plaf! Rica. Uhmmm, tanto trapo por mi cara, ya pues Mamita, no tan fuerte.


Mis hermanos siguen corriendo, y el otro más pequeño ya no se ocupa de mí. Coge una de mis cajas de colores, y corre tras ellos.


Otro día, tomo mi leche. ¡Qué rica! ¿Pero por qué volteas, Mamita? Quiero seguir tomando mi leche, tengo hambre.


¿Qué? Ese hombre en la caja de luces blancas y negras dice cosas que no entiendo. ¿Qué es “a – se - sin”? ¿Qué es “quendi, kenid o quénedi”?


¡Apaga la caja, Mamita! ¡Quiero mi leche!


Lima, 22 de Noviembre de 1,963

martes, 16 de diciembre de 2008

PARA ALBERTO Y VICTORIA...

A mis padres,
por su incomparable amor.


AVES EN EL CIELO

Un cuento de Danilo GutiérrezBaella (Año 2008)



El viento costero traía los aromas de un mar agitado, y mecía con suavidad maternal los blancos cabellos de Elisa. La baja bruma que corría desde la orilla con su millón de gotas esparcidas por el aire no podía ocultar el cielo celeste, ni aplacar los primeros calores del sol por la mañana. Los ojos de Elisa, medio apagados ya por las batallas de toda una vida, parecían buscar en el cielo una respuesta, una voz, una palabra que le explicara el por qué de tantas cosas, el por qué de su profunda nostalgia, de su inmensa alegría, de su terrible dolor.



Unas gaviotas graznaban paralizadas brevemente al volar, con las alas desplegadas en ligera curvatura, descendiendo con prudencia, acercándose al cuerpo tendido boca arriba de Elisa sobre la arena entre escasas hierbas primaverales, conchitas calcinadas, carreteros curiosos, y su vestido gris floreado flameando al viento.



Allí estaba Elisa, estirando con expresiones infantiles las arrugas de un rostro anciano y bello, ligeramente sonrosado aún por corpúsculos sanguíneos de vida… esa vida de la que Elisa sabía escaparía muy pronto, como escapan todos los que ya cumplieron, los que ya hicieron todo o casi todo, los que ya amaron y pelearon, crecieron y envejecieron, hablaron y escucharon, sintieron.



Los ecos sordos de Octavio, graves por la edad, pero aún sonoros recordando tiempos de cantante y anfitrión, se perdían con el romper de las olas y el jadeo de sus viejos músculos soportando los huesos al correr sobre la arena. “¡Elisa…! ¡Elisa…!”, gritaba Octavio, haciendo equilibrio con pesar en cada pisada lerda y hundida en la playa. Lloraba Octavio, lleno de miedo y angustia por su vieja compañera, por saber dónde iría desde ayer, por qué salió sin avisar, qué tenía que hacer. Toda una madrugada buscándola, solo, sin ayuda de nadie, porque nadie vivía ya al lado de ellos. La casita de playa, otrora el lugar más concurrido por la familia cada año, se había convertido en un asilo de a dos, en un escondite íntimo de recuerdos y amores renovados. Dos viejos solos que con las justas soportaban el peso de sus almas, pero acompañados por su propio aliento, su eterno amor.



¿Elisa? Una lágrima suya también cruzaba con valentía el mar de arrugas desplegadas de la mejilla a la comisura de sus labios. Ella, abstraída, no escuchó a su viejo Octavio llamarle, pues ahora sólo los sonidos del mar y del viento en sus oídos, el de su vestido gris al sacudirse contra el cuerpo, y el desfilar de la fina arena sobre los espacios donde la piel era descubierta, se habían convertido en el único mundo y su única realidad. Ni siquiera el corazón… ese amigo y enemigo que tantas veces había latido con fuerza marcando los pasos de Elisa dándole sonido a sus sentimientos, midiendo con ellos sus pasiones, saturando sus oídos hasta ser más lentos y acompasados después de entregarse al amor. El corazón acompañaba hoy a Elisa en su silencio interno, en su insólita comunión con la playa, el mar y el cielo de primavera, en la sutil fuga de cada buen o mal recuerdo que nunca más volvería a vivir en ella.



Octavio vio volar un extremo de la falda de su amada Elisa entre dos montículos de arena, y a él sí el corazón le marcó los siguientes pasos. “Elisa, mi amor…”, soltó el pobre viejo al tomar su mano fría y pegar sus labios a su oído. “¿Por qué, mi amor? ¿Por qué has salido así de nuestro lecho sin avisarme, sin motivo alguno, sin destino alguno? ¿Te has sentido mal, mi vida? ¿Hice algo que no te gustó, mi viejita linda? ¿Qué haces aquí, tan fría, tan sola, tan lejos de nuestro hogar?”.



Al separar su rostro del de Elisa, ella parecía no escucharle. Su ojos verde claros perdían la mirada en algún lugar del cielo, y Octavio no entendió si esa era o no una sonrisa, la que empezaban a dibujar sus pálidos labios.



“¿Elisa?”. Las lágrimas de Octavio empezaban a confundirse con las de Elisa, ya cristalizadas en sus mejillas. Sólo un suspiro sonó en ese cuerpo envejecido y tan tierno, y al ingresar nuevamente el aire a su boca, Elisa tornó sus ojitos cansados hacia él.



“Príncipe maravilloso… ¿por qué lloras? ¿No ves la belleza del cielo a tu espalda? ¿No escuchas al mar y las aves cantarnos, mi amor?”. Elisa levantó con dificultad su mano derecha, y acarició el rostro apergaminado de Octavio, húmedo por el llanto, y tibio por el dolor. “Siente la arena fina entre mis dedos, mi dulce amor… esos somos nosotros, tan pequeños, tan perdidos en la inmensidad, y tan únicos a la vez…”.



Octavio levantó el rostro preocupado, y ensayó una sonrisa. “¿De qué hablas mi amor? Déjame ayudarte a levantarte, que te llevaré a nuestra casita muy despacito, aunque me cueste hacerlo todo el día”.



Elisa sonrió de verdad esta vez, pero no hizo nada para apoyarse en Octavio. Elisa recostaba la cabeza en uno de sus brazos, y alcanzó a llenar de brillo sus ojitos verdes al decirle: “Amor, mi dulce amor… ¿recuerdas esto, Octavio?”. El viejo asintió, sorprendido. “Claro que lo recuerdo Elisa… bailábamos a escondidas, tarareando nosotros mismos sobre el jardín del parque… Resbalaste, y caímos así al pasto. Tú, hermosísima con tu cabecita sobre mi brazo, y yo…”.



“… y tu me besaste por primera vez, y una segunda, y una tercera que duró una eternidad… ¿verdad viejito que ese beso nunca terminó? ¡Éramos tan jóvenes, tú tan guapo y fuerte! Jamás he perdido la sensación de mis labios de ese beso. Octavio…, bésame otra vez, ¿puedes hacerlo, viejito de mi vida?”.



Octavio acercó sus labios a los de Elisa con esfuerzo y cansancio, y no pudo reprimir la emoción que transmitían sus manos ahora tibias como entonces, que le acariciaban el poco cabello y el cuello arrugado. Octavio se incorporó, y soltó el llanto. Elisa, con los ojos cerrados aún, empezó a hablar.



“¡Cuántos recuerdos, cuántos hijos y nietos que ya no están, cuántas noches y días de amor y pasión que nos hicieron felices, aún en la pobreza y en la enfermedad, como nos lo mandó el Señor! ¿Sembramos algo importante, viejito? ¿Te hice feliz, mi vida? ¿Hay una respuesta a las preguntas sobre el por qué morir ahora, y para qué todo lo pasado?”.



Octavio respondió: “No hablemos de eso, dulce Elisa, mi viejita dorada. Olvidemos la enfermedad y la muerte, que son cosas que no podremos entender aquí en la Tierra, y sólo Dios nos lo dirá en el cielo…”.



“Te equivocas, dulce amor, aunque es verdad que la respuesta la tiene Dios en el cielo. Mira, haz otro esfuerzo por mí, ya que has venido hasta aquí para buscarme. Échate conmigo, y mira al cielo.”



Ochenta y tres años a cuestas, una artrosis galopante en los dedos, y un cáncer terminal pesaban duramente sobre los músculos y huesos de Octavio. Pero los ojos maravillosos de su mujer se abrieron otra vez, esta vez con más vida y lozanía, y no pudo negarse al amor. Octavio arrastró su cuerpo al lado de su mujer, y sin retirar su brazo adolorido debajo de la cabecita blanca de Elisa, miró al cielo.



“Octavio, mira qué maravilloso brillan esas nubes en la mañana contra el celeste del cielo. ¿Ves a las gaviotas cómo se detienen sobre nosotros, apoyadas por el fuerte viento que viene del mar? Esos fuimos nosotros, jóvenes y fuertes, usando nuestras habilidades para domesticar a la vida según nuestras visiones, según nuestras pasiones, según nuestras creencias de entonces. Podíamos emprender y construir muchas cosas juntos con la fuerza del cuerpo y del espíritu, y así nació nuestro hogar, y los hijos maravillosos que tuvimos. Igualmente, esas gaviotas que ves allí cerquita, seguras, prefieren luchar contra el viento que volar más alto.”



“Pero Octavio, – Elisa estiró el brazo libre hacia el cielo - ¿llegas a ver esas aves como puntos pequeñitos y luminosos que emigran atravesando las nubes más lejanas? ¿Las ves, mi amor?”.



Octavio hizo un esfuerzo mayúsculo, pues sus lentes ya no le ayudaban mucho a mejorar la visión. Sin embargo, vio las aves de Elisa, esas que ella escogió mostrarle, y que a partir de ahora serían sólo de ella.



“Esas aves lejanas somos también nosotros hoy, lejanas, casi invisibles, en vuelos solitarios hacia destinos que sólo ellas podrán entender. Mientras, nuestros hijos con sus familias siguen volando con fuerza usando el viento en contra, con firmeza física y convicciones, pero sin comprender lo que hoy comprendo, mi amor…”.



“¿Qué es eso que comprendes hoy, Elisa?”, preguntó Octavio cautivado por las comparaciones maravillosas que su amada compañera de vida realizaba de espaldas a la arena.



“Comprendo que no somos más que simples y bellas aves en el cielo, que escriben sus historias con sólo pasar ante los ojos de los demás, y desaparecen finalmente con su propia verdad de vida que será considerada y evaluada por Dios; verdad que nunca será igual al de las demás personas. Lo maravilloso de esto, Octavio, es que nosotros decidimos hacerlo juntos como esposos, y no solos como tanta gente que se pierde volando entre esas nubes altísimas con un secreto de vida no compartido, y eso imagino debe ser algo muy triste.”



“Elisa… ¿qué fue lo que te hizo levantar de madrugada sin avisarme? ¿Necesitabas dejar el hogar, caminar por esta inmensa playa, exponerte a una neumonía para hacer éstas profundas reflexiones?”



“Mi amor, mi viejito lindo de toda una vida… te pido perdón por las angustias que te he causado, y los esfuerzos que te obligué a realizar para encontrarme. Un golpeteo repetido en la ventana de nuestra habitación me llamó la atención. Me levanté, y al correr la cortina, me sorprendí al ver una bellísima ave parada en el dintel, mirándome. Me puse de inmediato el vestido gris, te juro que sólo para salir a ver por qué el ave estaba allí. Una vez que lo hice, el ave esperó hasta que yo estuviera más cerca y echó a volar… conmigo a cuestas…”.



Octavio se estremeció al escuchar los delirios de su esposa, y se llenó de tristeza nuevamente al sentir que el mal de Alzheimer que le aquejaba avanzaba inmisericorde en ella, sin remedio. “Elisa, mi amor… ya te escuché, ahora sí, apoyémonos juntos para regresar a nuestro hogar.”



“Mi amor, ya estamos en nuestro hogar”. Octavio iba a replicar, pero una extraña sensación de frescura invadió todo su cuerpo.



“Elisa, ¿qué está pasando?”. Las arenas de la playa se iban levantando en cortinas que los rodeaban y simulaban blancos tules vaporosos, frescos, y fragantes, con olor a brisa marina. Octavio fue dejando su dolor físico, y la gran pesadez corporal pareció desvanecerse de un momento a otro.



¿Y Elisa? ¿Dónde estaba? Sentía su presencia, pero no podía verla con ojos físicos, no alcanzaba a ver su forma ni sentir su olor. Pero ella estaba allí, a su lado, pues le habló sin palabras con la misma suavidad de toda su amante existencia: “Déjate llevar, mi amor. Ahora realmente y por primera vez, estamos vivos y listos para seguir nuestra vida feliz en Dios.”



Octavio ya no era Octavio, y Elisa ya no era Elisa. Un torrente de frescura los envolvió a ambos, un tornado vaporoso ascendió desde el arenal… y en el cielo alto, muy alto, dos aves doradas volando muy juntas se unieron a la migración con destinos indescriptibles y maravillosos, perdiéndose en el sol.



FIN

lunes, 15 de diciembre de 2008

Sin más palabras...


Método Rápido y Práctico para
ACHICAR la SOBERBIA


(Extraído de “Historias que despiertan el Alma II” - Colección de Bolsillo Nueva Acrópolis)


La Soberbia es una forma particular de la discapacidad, que suele afectar a gobernantes, directivos, funcionarios, etc., pero también a porteros, choferes de colectivo, empleados y a casi todos aquellos infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder. He aquí algunos consejos para no caer en la tentación.

Diríjase usted a una zona rural, elija el campo que más le guste, relájese y espere a que anochezca. Cruce entonces el alambrado con cuidado de no perder ninguno de los atributos del poder, y camine hasta que sienta que está en medio de la soledad más absoluta. Una vez allí levante la cabeza hacia el cielo y mire las estrellas.

En ese instante usted, visto desde el espacio, debe ser algo así como un microorganismo instalado sobre una pelota de fútbol. Piense entonces que está parado sobre un minúsculo planeta que gira alrededor del sol, y que él es nada más que una estrella pequeña entre millones de estrellas que usted está viendo y que forma nuestra galaxia. Recuerde además que nuestra galaxia es una de millones de galaxias que desde hace millones de años giran a través del espacio. Una vez que haya hecho esto, coloque los brazos en jarra sobre la cintura en actitud desafiante, o adopte cualquier otra postura que le parezca lo suficientemente cabal como para expresar el inmenso poder que usted tiene, e hinchando las venas del cuello, grite con toda la voz que sea capaz de juntar en ese momento:


¡YO SÍ SOY VERDADERAMENTE PODEROSO!


Luego espere unos segundos para ver el resultado. Si ve que algunas estrellas se sacuden, no se haga demasiado problema:

Es Dios, que a veces no puede aguantar la risa...



domingo, 14 de diciembre de 2008

MÁS HALLAZGOS LITERARIOS...

Sigo desempolvando mails pasados, este no sé en qué año reenviado (ya me enteré que Mafalda nació en 1964, puede ser entonces del 2004), ni por quién recibido en su oportunidad.


¿Será Quino el autor, o un apasionado seguidor de su emblemática creación artística? No lo sé, y como siempre, lo publicaré pidiendo el permiso "a quien corresponda" en homenaje a su inspiración.


Entremos brevemente al mundo contemporáneo de Mafalda...

CARTA DE MIGUELITO A MAFALDA
(… por sus cuarenta años de vida)



Querida Mafalda:


En este día tan especial me acordé de tu cumpleaños...
¡Como pasa el tiempo!
Nacimos en el corazón de un país que soñaba.
¡Cuántas utopías!
¡Cuántos deseos de crecer, de mejorar las cosas!
Nos tocó convivir con un tiempo de hombres creativos:

Luther King, Ché Guevara, Juan XXIII, John Kennedy;
nos trasmitieron el sentido de la justicia, el valor de los sentimientos, la maravillosa aventura de pensar con la propia cabeza...


Ayer me preguntaba por nuestra amiga Libertad, aquella pequeñita que un día encontraste en una playa, no me acuerdo si era Santa Teresita o Mar del Tuyú, me acuerdo todavía cuando la presentaste a tus padres...
Era vivaracha y quemadita por el sol de febrero.
¿Dónde vive Libertad?
¿Es verdad que la mataron durante la dictadura?
Dicen que la torturaron y su cuerpo desapareció en el Río de la Plata.... Me cuesta pensar que se murieron sus sueños.
¿Y si vive?
¿Estará filosofando sobre la fragilidad de las cosas y el sentido de la
vida?


¿Que fue de Susanita?
¿Se casó?
¿Pudo realizar su vocación de ser madre?
La imagino viviendo en alguna ciudad de provincia, paseando del brazo del marido (un hombre bajo y calvo) en una tarde de verano, contenta con sus hijos y cuidando el primer nieto, realizada como tantas comunes mujeres...


Supe de Manolito, que perdió sus ahorros durante el corralito y no soportó tanta crisis. Los últimos días lo vieron cabizbajo, murmurando palabras incoherentes, abandonado como un mendigo en una estación de trenes, triste y abatido como tantos...


Sé que Felipe vive en La Habana, que probó con el cine, que tiene un taxi y que habla a los turistas de Fidel y de la revolución con el mismo entusiasmo de cuando vivía en Buenos Aires...


A Guille, tu hermano, lo escuché tocar, hace poco, en la Scala de Milano. Vive en Ginebra, nunca se arrepiente de haber emigrado en los últimos años de Alfonsín, me contó que es feliz con su nueva pareja...


Y vos, querida amiga, ¿como estás?
Hace tanto tiempo que no tengo noticias tuyas.
Sé, por otros, que seguís escuchando la radio, que leés los diarios del
mundo, que te duele el Irak como te dolía Vietnam, sé que trabajas para la FAO por los pueblos del hambre, que estás indignada por la prepotencia de Bush.


Me llegó tu pedido para juntar medicinas para los Médicos sin Fronteras, sé que siguen las reuniones en tu casa de París, que estás confundida, inquieta y preocupada por el futuro del mundo...


En fin, Mafalda, sé lo suficiente como para saber que seguís viva, viva en el alma, niña como siempre...


De parte mía sigo escribiendo siempre, renegando porque me falta tiempo; creyendo, como siempre, en el valor de la sinceridad, perdiendo oportunidades por manifestar mis ideas. Algunos días estoy triste y deprimido, pero puede siempre más la alegría que la tristeza... El mundo no mejoró mucho desde la época en que vivíamos juntos en nuestra patria. A veces, cuando miro el globo terráqueo, encuentro tu mirada, pienso en todos aquellos que lo miran como vos, en los ojos de los que protestan, de los que no se conforman, y de los que viven en la atmósfera del optimismo y de la justicia…


Esos ojos, junto a los míos, te desean un buen día, querida amiga, por otros cuarenta años tan intensos y jóvenes como los que has vivido.


Un beso grande de tu amigo que te quiere como siempre.



Miguelito.

sábado, 13 de diciembre de 2008

SORPRESAS EN LA PC DE MI HERMANA...

Un fragmento de "La fuerza de Sheccid", de Carlos Cuauhtémoc S.
Comentarios y atrevidas inclusiones de Danilo Gutiérrez Baella (Años 2004 y 2008)
Gracias a mi hermana Vicky al pasear por sus archivos, me reencontré con un texto que remití a mi familia por mail hace varios años.
Se trata de un interesante fragmento del libro "La fuerza de Sheccid" del escritor mexicano Carlos Cuauhtémoc que vinculé rápidamente con mis variadas experiencias laborales, transcribiendolo con aportes más personales no autorizados por el autor, pero presumiendo que no tendrá problema en hacerlo cuando algún día este blog sea tan popular y visitado que ya no sea una novedad contar con las opiniones de un Gabo, Eco, o quizás una Rowling (aunque sea sólo en sueños...) .
Bromas aparte, agradezco que en esos años mi hermano Alfredo (otra vez en mi blog, sorry Alfre...) me prestara el libro y pudiera disfrutarlo tanto como para seguirlo retomando en mis escritos de hoy.
La pregunta será... ¿cuántos líderes (de esos que son de verdad...) prodigan demasiada confianza a sujetos que los rodean, y que no valen nada?
Sigan ustedes. Un abrazo.

EL LÍDER TRIUNFADOR y sus ayudantes déspotas
(Fragmento de "La fuerza de Sheccid", de Carlos Cuauhtémoc S.)


El verdadero hombre de éxito es humilde. Celebra el triunfo de otros, los felicita, los elogia y se alegra sinceramente de la prosperidad ajena, porque él mismo es próspero. Sabe que el sol sale para todos. Es tenaz, preparado, habla fuerte, se da su lugar, pero da el suyo a los demás y los escucha. Siente que en cada ser humano, sin importar su edad, raza o religión, hay algo digno de admiración. No conoce la envidia, pues su filosofía le lleva a pensar que Dios regala “paquetes” y no atributos individuales.


Por ejemplo: puede detectar que su vecino posea 3 cosas mejores que él, pero no las codicia porque sabe que si se le dieran las tres ventajas del vecino, estaría obligado a cargar también con sus 3 desventajas. Para un triunfador es absurdo e incoherente decir “Dios mío, ¿por qué no me diste otra esposa u otra situación económica y social?” Sabe que lo que a él se le dio no es una pareja o una posición, sino un “paquete” en el que se incluye compañera, hijos, trabajo, cerebro, salud, dones espirituales, aspecto físico, profesión, habilidades, amistades, etc.; que cada ser humano cuenta con el “paquete” que justamente necesita, que cada “paquete” tiene una excelente combinación (carencias que equilibran las virtudes, y virtudes que compensan las carencias) y que todas las personas SON TRIUNFADORES EN POTENCIA si usan adecuadamente el “paquete” que se les dio.

La posición del líder triunfador presenta, sin embargo, un problema SIEMPRE LATENTE:

· Atrae a los fracasados como la miel a las moscas

· Se acercan a él muchas personas envidiosas que desean a toda costa COSECHAR DONDE NO HAN SEMBRADO

· Los fracasados cercanos al líder triunfador se convierten en SUBJEFES DÉSPOTAS (Hijos holgazanes del papá rico, representantes de artistas deslumbrados por la fama, “gerentes” intermedios, servidores públicos, funcionarios de gobierno, “asesores” de importantes personalidades…)

· Tienen con mucha frecuencia el complejo de “mira lo grande que soy”

· Se auto felicitan y aclaman por los triunfos que, en realidad, son de su jefe

· Tratan con desprecio a la gente

· No asumen ninguna responsabilidad, aunque divulguen tener autoridad sobre todos los demás. Desmienten por ello sin ningún cargo de conciencia lo que afirmaron y exigieron alguna vez, aunque otra gente quede injustamente castigada por esto.

· La pulga que viaja sobre el Perro, cree QUE ES ELLA QUIEN CAMINA RÁPIDO

· Ni el propio líder, que es casi siempre una persona muy ocupada, trata con prepotencia a los demás; pero su subordinado SÍ LO HACE. Es un “Tirano con fusil”. Amenaza a todos mostrando el “arma” que se le brindó con sinceridad: la CONFIANZA, o simplemente su cargo o credencial. Fanfarronea, bloquea el trabajo, roba e impone condiciones de dinero

· La pulga, por sí misma, nunca logrará tener poder, pero en cuando la colocan sobre el Perro, ostenta su posición y se burla de las demás pulgas que están en el piso

El líder triunfador debe cuidarse de este tipo de parásitos. Del mismo modo, la gente que sufre vejaciones, abusos y desprecios de subjefes déspotas siempre debe protestar, pues en ocasiones el líder ES EL ÚLTIMO EN ENTERARSE DEL ABUSO DE SUS COLABORADORES.
(Fragmento adaptado del Libro “La Fuerza de Sheccid” de Carlos Cuauhtémoc S.)

miércoles, 10 de diciembre de 2008

VUELOS DEL SUR...

UNA CRÓNICA DESDE EL CIELO

Un cuento de Danilo Gutiérrez Baella, año 2008


Los dos jóvenes llegaron más temprano que yo. Las arenas recién templando por el espléndido sol, los enormes ficus haciendo de mudo público alrededor. Eran las 7 de la mañana y todo estaba listo; los dos jóvenes y yo, al lado de la canastilla de mimbre y gruesos tubos de oscuro acero. El globo estaba cual deforme y estirada masa multicolor sobre el árido terreno recibiendo todo el calor de las enormes llamaradas que brotaron generosamente de dos quemadores surtidos con gas.





Uno de los jóvenes enderezó la canastilla con rapidez, el globo se irguió sobre ella, y los tres tripulantes subimos de inmediato. Nuestra aventura sin precedentes sobre el desierto iqueño había empezado.





No terminaba de admirar el interior del globo sobre nuestras cabezas, con colores azul eléctrico y blanco inflado contra el cielo brillante, sin nubes, cuando se me ocurrió mirar hacia abajo; en absoluto silencio nos habíamos elevado 15 metros (no hubo tiempo para el vértigo…) y nos trasladábamos rápidamente entre enormes dunas hacia el distrito de Guadalupe, destino final fijado para la inusual excursión. Una duna no quiso darnos el pase, y topamos contra su blanda cima arrastrando el ascenso. Susto divertido, y seguimos adelante.





Los jóvenes capitanes a cargo revisaban el mapa y contactaban con nuestro vigía a través de una radio portátil. A lo lejos, en el trazo gris de la Panamericana Sur, se veía la camioneta roja desde donde se monitoreaba nuestro camino, dándonos referencias aproximadas de altura y posición visual.





Yo sabía que volábamos sobre la humilde comunidad de Comatrana, pueblo joven nacido en las arenas vecinas al Balneario de Huacachina. Vivía en ese entonces a orillas del legendario oasis, y recibí la invitación para integrar el equipo de tres en esta primera aventura aérea sobre la ciudad de Ica. Para mí, que siempre busqué las emociones fuertes propias del deporte extremo, no me fue difícil el aceptar.





El globo se detuvo por primera vez. No había viento, sólo el sol elevando la temperatura sobre nuestras cabezas. Las casitas de Comatrana estaban a no más de 150 metros por debajo de nosotros, y una decena de niños nos gritaba desde el arenal sabe Dios qué cosas. Un perro que corría y saltaba junto a ellos ladraba alocadamente, y una pelota de fútbol subía y bajaba en forma repetida queriendo tocar sin éxito nuestra canastilla. Mientras tanto Jonás, uno de los capitanes, revisaba su mapa de ubicación e intercambiaba información valiosa a través de las comunicaciones radiales con piloto monitor de la carretera. Bruno verificaba el nivel de gas en un marcador del pequeño tablero de mandos, calculaba su duración, e inyectaba lenguas de fuego de 3 metros para mantener nuestra altura.





- Tenemos suficiente para dos horas de viaje… – Bruno masculló para él, pero el impactante silencio en la inmensidad del cielo nos permitía oír nuestro más pequeño aliento.





Al fin sopló el viento, y el globo nos llevó sobre las dunas vecinas. Nos conmocionamos por unos disparos de rifle o pistola provenientes del pequeño caserío. Nos miramos, y pregunté: “¿Nos disparan? ¡Sopla viento, sopla!”.





Sobrevolamos el Hotel Las Dunas por uno de sus flancos, y las comunicaciones radiales se cruzaron con las del personal de seguridad del establecimiento. Envié saludos al gerente, y proseguimos el viaje.





Pronto nos dimos cuenta que no todo andaba bien. Nos internábamos cada vez más en el desierto alejándonos notoriamente de las zonas urbanas y marginales, y eso no estaba en los planes de Jonás y Bruno. Un artefacto aerostático simple y poco implementado como el nuestro no suele llevar ningún alerón direccional o hélice que permita elegir su recorrido; sólo puede regular el ascenso o descenso de acuerdo a las necesidades de vuelo, pero se encuentra a la deriva a donde el viento quiera llevarla.





- ¡Uffff! No tendremos suficiente gas si seguimos en esta dirección. Si descendemos aquí, sobre el desierto, nuestra camioneta no podrá ingresar a rescatarnos… ¿Dónde estamos? - preguntó Bruno a Jonás. Los tres nos abocamos a ubicar nuestra posición en el mapa, abriéndolo sobre un soporte plano al lado del tablero de control.





- ¿Este cerro es Cerro Prieto, verdad? - dije poniendo el dedo índice en un punto del mapa.







-¡SONAMOS! – gritó Bruno al señalarle con mi brazo izquierdo la ubicación física de Cerro Prieto. -¡No podemos descender aquí, en pleno desierto. Tenemos que ir hacia allá… ¡Hacia Guadalupe! ¡Caminamos hacia el mar…!





El mar… eso era volar con destino a la playa de Carhuas, cincuenta kilómetros sobre el interminable y desolado arenal, y comprendí que no tendríamos suficiente gas para abastecernos por cuatro horas. De hecho, ya habíamos volado por una hora y algo más, y la situación se tornaba angustiante.





Mientras debatían qué hacer y se comunicaban con la ya invisible camioneta roja, me percaté que el globo estaba nuevamente paralizado, y la sombra del globo parecía pintada en nítido color negro sobre la llanura desértica, trescientos metros debajo de nuestros pies.




Algo más llamó mi atención; una pantalla alargada ubicada sobre el tablero de control, modificaba números a una enorme velocidad. Jonás cruzó instintivamente su vista con la mía, y la trasladó a la pantalla de control. Luego abrió sus ojos, los mismos que parecían saltarían de sus cuencas…




-¡CAEMOS! - gritó, y Bruno inyectó lenguas de fuego repetidas veces al interior del globo. Yo, mudo, miraba el espacio hacia abajo; la topografía desértica crecía y crecía hacia nosotros, y el fuego inyectado parecía no tener ningún resultado. Efectivamente, caíamos.




Cuando las cimas de las dunas empezaron a alcanzarnos, los dos jóvenes resignados se limitaron a mirarme. Jonás y Bruno, mudos ambos, se treparon y sentaron en los bordes gruesos de la canastilla aferrando sus brazos a los tubos de la armadura metálica. No me quedó otra cosa que imitarles, sin mirar atrás. Sabía que estaba dando de espaldas al vacío.




Corrían interminables segundos en silencio. Bastaba ver los rostros desencajados de los dos jóvenes para darse cuenta que era la primera vez que enfrentarían una situación así.




Llegó el momento, y el impacto. La canastilla crujió, y no pude cerrar los ojos. La base circular del globo literalmente nos “entubó”, y por dos segundos estuvimos dentro de él con la canastilla, tripulantes, todo…




Mientras torcíamos nuestras cabezas para ver la enorme cúpula de lona que nos encerraba, el tubo del globo nos liberó otra vez y el globo se elevó tan rápido que ahogó una exclamación de los tres. ¡Nos disparamos hacia el cielo azul tan rápidamente como habíamos caído! La inyección de calor recién surtía efecto, y reiniciamos el viaje lleno de emociones, saturados todos por la adrenalina.




Poco después entendimos lo ocurrido. El calor externo fue más intenso que el capturado dentro del globo, perdiendo repentinamente el efecto físico que nos permitía elevarnos. Al caer inyectamos más calor, pero la gravedad pudo más que la rápida reacción de Bruno, absorbiéndonos hacia el arenal.




Ahora en el aire (detenidos nuevamente…) nos preguntamos qué hacer para volver a la ruta trazada, y resolver el sombrío panorama de fracaso y peligro que se presentaba ante nosotros. Ya había transcurrido una hora y media desde nuestra partida cercana al oasis de Huacachina, teníamos gas para otro tanto de tiempo. La carretera estaba fuera del alcance de nuestra vista, y aunque el chofer nos confirmó seguir viendo el globo a la distancia, sólo nos podía aconsejar que de alguna forma llegáramos hasta el nacimiento del sembrío más cercano. Sólo así podría acceder a terreno firme con la camioneta y ayudarnos. Pero con el escaso viento sólo caminábamos desierto adentro.




Algo llamó nuestra atención. Los chicos de la barriada de Comatrana, juntos al perro y la pelota, nos habían seguido sin descanso a través del desierto. Al verlos parecían pequeños puntos bulliciosos, y no dejamos de admirar su tenacidad y conocimiento del desierto. Perderse en un arenal resulta ser peor que perderse en una selva; las personas mueren rápidamente, desorientados y totalmente deshidratados.




Bruno tuvo una feliz idea. Consultó con nosotros, y descendió de ciento veinte a veinticinco metros sobre las cabecitas calientes y sudorosas de los niños.




– ¡Oigan Chicooooss…! ¡Sí, USTEDEEESSS!




Los niños no podían creer que les estuviéramos hablando desde arriba, y el perro empezó a ladrar frenéticamente.




- ¿Me escuchaaann? – Bruno volvió a gritar.




Uno de los chicos se animó a contestar.




-¡SIII…! ¡QUÉ QUIEREEE! – y siguieron risotadas nerviosas y más ladridos. Entonces intervino Jonás proponiendo soltarles una soga y que nos lleven jalando hasta la chacra de hortalizas que parecía más cercana.




Hubo un silencio, y movimientos nerviosos entre ellos. Notamos que hablaban en voz baja, como creyendo que llegaríamos a oírlos. Seguramente decían algo como “… estos locos de allá arriba quieren que los jalemos como al perro a la chacra… ¿será una broma?”.




Nuestro interlocutor volvió a la carga.




-¡EN SEEERIOOO! ¡Necesitamos que nos jalen a la chacra que está allá, no podemos bajar aquí! ¡POR FAVOOOORRR! – ahora gritó con desesperación, temiendo que el globo empezara a desplazarse otra vez con el mínimo viento.




-¡YAAAA! ¡TIRA LA SOGA NOMÁS!




Con gran algarabía, dejamos caer 25 metros de soga. Una vez que uno de los niños la tomó empezaron a disputarse y jalonearse la soga, lo que hizo que nos sintiéramos frágiles, dependientes, vulnerables… ¡y muy asustados!




– NO JUEEEEGUEENN, ¿YAAA? – fue la última y temblorosa intervención de Bruno.




Así reinició la más extraña travesía animada por las voces de los niños cruzando el desierto, sosteniendo con una soga “su” enorme globo de gas con tres ocupantes a bordo, caminando y saltando al lado de un perro totalmente desconcertado mientras pateaban distraídamente una vieja pelota de fútbol, calcinada por los ardores del arenal.




Finalmente sobrevolamos el sembrío más cercano. La camioneta roja ingresó 50 metros hasta el lugar donde descendió nuestra nave. Al saltar de la canastilla y tocar tierra, una extraña sensación de cierto vacío y seguridad invadió mi cuerpo. Al dar mis primeros pasos, tropecé con un montículo y caí sentado sobre un arbusto seco lleno de espinas.




“Bienvenido a tierra firme…”, pensé con vergüenza y dolor.




¡Qué irónico! Siempre creí que un vuelo cautivo era aquel que se realiza en entrenamientos, sujeto el prototipo a una base con simulaciones de vientos y otros que preparen al piloto en situaciones diversas.




Pues no. Esa mañana aprendí que un vuelo cautivo podía también ser aquel desarrollado sobre una verde parcela de Ica a 25 metros de altura a bordo de un globo aerostático multicolor atado a un árbol, con siete niños humildes boquiabiertos mirando hacia abajo a su perro y a su vieja pelota, cumpliendo felices el imposible sueño de volar.







FIN