sábado, 29 de noviembre de 2008

PARA ANTES DE DORMIR...



UNA HISTORIA A LOS CUARENTA

Un cuento de Danilo Gutiérrez Baella (Año 2007)

Los cuarenta años eran recibidos con menos cabellos, menos dientes, una indeseable barriga, y mucho ego por disolver. Al cumplirlos, eran tiempos de cambio para mí. De esos tiempos que remueven todos los cimientos de tus visiones. De esas visiones que se ven entre sorpresas, golpes bajos y súbitas alegrías. A los cuarenta años, te preocupas por aprender a reconocer la voluntad divina más que tus propios proyectos y determinaciones de vida.



También es el tiempo en que cada vez y con más frecuencia te detienes a revisar los obituarios. Y es que de cada diez publicaciones en los diarios principales de la gran ciudad, suele aparecer alguno con el nombre de alguien que conociste o que tuvo que ver con tu trabajo, o del que oíste alguna vez y que nunca te conoció. Y es que a los cuarenta años, la muerte deja de ser un proceso extraño y ajeno.



A esta edad ya han fallecido mis cuatro abuelos, siete tíos, un primo, nueve amigos de barrio y de colegio, seis ex compañeros de mi primer trabajo, muchos conocidos y otros menos conocidos. De ser tan distante a la muerte, te conviertes en vecino de ella, y puede que hasta en amigo. Comprendes que no necesitas correr grandes riesgos, ni sufrir terribles enfermedades o accidentes para conocerla. Bastará con sólo abrir los ojos, y la muerte te saludará con el aire que respiras, con la misma naturalidad y alegría con la que cantan las aves, brillan el sol, la luna y las estrellas; y, a veces, con la misma sed con la que te tomas un trago.



Saber si seguirás “vivo” o no después de dejar el mundo físico, empieza a ser un tema de reflexión a partir de los cuarenta años, mezclado con los pensamientos más banales. Los proyectos familiares, los asuntos de negocios, las deudas, los éxitos, el stress producidos por todos estos procesos… ¿te acompañarán al pasar el umbral que separa lo físico del mundo inmaterial? O a lo mejor el último suspiro… ¿eliminará al “alma” como un vapor efímero y violento? ¿Borrará sin más y para siempre a esa esencia maravillosa que te hizo actuar como una marioneta de nadie durante una temporada terrena?



Y así se inicia esta historia; una historia a los cuarenta años… sin haber deseado estar en ese hotel.


…………………………………………….


Ingresé a una tediosa y fortísima capacitación, necesaria para poder aplicar como vendedor de seguros. Odiaba dejar mis ilusiones de desarrollo profesional en turismo, y convertirlas en reciente pasado. Me obligué enfurecido a enfocar mis objetivos únicamente en la búsqueda de dinero para pagar todas mis deudas.



Y así fui parte de ese hotel por quince días, compartiendo vida con cuarenta fulanos y fulanas desconocidos de todo el país que buscaban lo mismo que yo: “hacer dinero”. La gran mayoría de ellos eran menores que yo, y eso me daba una extraña sensación de desventaja, aunque nunca me permití expresarlo en ninguna forma.



Era un hotel de cuatro estrellas en pleno centro de Miraflores. Sobrio, elegante, de buena arquitectura mixta entre lo arabesco, egipcio e hindú. Como buen representante de la modernidad, destacaba por su acogedora y discreta iluminación. Dos musculosos porteros de raza negra estaban permanentemente en la puerta, vestidos con saco y pantalón rojos, botones y charreteras dorados, brillantes zapatos negros y kepí marinero.



Noche tras noche, la cena se convertía en el encuentro entre todos los ambiciosos colegas de estudio. La primera vez, nos presentamos uno a uno al ocupar nuestro lugar en la mesa.



Yo llevaba como acompañante no invitado a un terrible dolor de muela. Ello motivó que no aceptara seguir a mis ocasionales amigos a la piscina del octavo piso para celebrar nuestra primera reunión de confraternidad. Argumenté que empezaríamos el entrenamiento muy temprano. A pesar del calor estival, yo sólo buscaba sumergirme en la cama, no en la piscina, dormir y olvidar que estaba ahí.



Horas más tarde, alrededor de la una de la mañana, risas lejanas de hombres y mujeres me quitaron el sueño.



¡Caramba! Estos chiquillos no se levantarán mañana - pensé. Recordé mi escaso entusiasmo por la nueva aventura laboral que emprendía. También recordé mi dolor de muela. Prendí el cable para distraer mi creciente fastidio, y me aburrí haciendo zapping por más de ochenta canales multinacionales.



Luego de un rato, más acostumbrado a los ecos de chicos y chicas en juerga distante, presioné el botón “Power” del control remoto, y sucumbí dominado por el sueño.



Durante el desayuno expresé mi criterio sobre lo ocurrido a Renzo, otro postulante como yo proveniente de Arequipa. Renzo se mostró preocupado, quizás molesto por mi primer comentario matutino.



- Sí, nos reunimos a tomar unos tragos junto a la piscinita, pero no hasta tan tarde - dijo Renzo, agregando - Oye, no vayas a estar comentando esas cosas. Van a creer que hemos venido en plan de juerga. Puedes ocasionarnos problemas.



Entonces comprendí que al desistir pasar el rato con ellos, dejó de ser mi asunto. Raro no haber comprendido también cuán extraño fue haber escuchado con nitidez esas voces provenientes del octavo piso del hotel, estando lejos de ellos en una linda y acústica habitación cerrada del segundo nivel.



Y corrieron así los días y las noches, calurosas y odiosas. Yo no quería estar allí, en esa rutina mercantilista y aburrida. Esperé con ansias el primer fin de semana. Las calles del distrito de Barranco fueron testigos de los momentos de sana algarabía que vivimos por pocas horas con nuestro grupo multi provincial. Regresamos al hotel a las seis de la mañana, cansados, sudados, felices de tirar a la basura todo el stress del entrenamiento comercial.



Una nueva semana de mucha tensión, exámenes constantes, exposiciones, y prácticas odiosas en las calles calientes y húmedas por el intenso verano. Nuestros cuellos de camisa encorbatados se bañaban con el inevitable sudor. En ello llevaban ventajas las damas, pues podían combinar sus faldas y blusas de verano con pequeños saquitos ligeros que poco acentuaban el calor.



La competencia era fuerte, y cada vez que retornábamos del coffee break o de las prácticas comerciales en las calles, nos sorprendía la ausencia de algún compañero. La señalética con el nombre del alumno ausente era retirada con prudencia antes de ingresar a cada clase. Pero igual lo notábamos. Uno más que no superaba las evaluaciones parciales con notas mínimas, y que era retirado con total discreción.



Desde las primeras sesiones, yo esperaba ser uno de esos “desaparecidos”; pero nada… Seguía progresando en mi capacitación, aún contra mi voluntad.



Era viernes, penúltimo día de martirios, y los capacitadores anunciaron una última evaluación. La psicosis de la expulsión era contagiante y perturbadora antes de graduarnos. A esas alturas del esfuerzo, me hubiera sentido peor si me retiraban en el último día. Tenía que salvar mi honor de cuarentón pujante y decidido a vencer las inercias propias de esa edad.



Mis compañeros y yo decidimos encontrarnos por la noche para estudiar en el octavo piso del hotel. Junto a la piscina se encontraba ubicada una pequeña sala de conferencias, lugar idóneo para nuestra concentración.



Llegué antes que todos, puntual y decidido a ganar. El calor a esas horas de la noche se mantenía, así que subí con ropa veraniega. Desde esa altura, en la soledad, empecé a disfrutar del panorama nocturno que ofrecía una Miraflores iluminada, moderna, impersonal. Sin embargo, mi mente me llevaba a los recuerdos lejanos de muchacho de barrio, entre aventuras juveniles y antiguas brumas costeras.



Ante la demora de mis compañeros empecé a cantar, interrumpido de vez en cuándo por el sonido de las poleas del ascensor Otis, todas instaladas en pequeños cubículos cerrados en ese piso. Cada vez que esto ocurría, introducía mi cabeza por el enorme tragaluz ovalado, lleno de vitrales, que coronaba los ocho pisos del hotel. Desde ese punto privilegiado, uno podía distinguir casi todo, desde el lobby hasta el penúltimo nivel. Era como asomarse a un enorme pozo iluminado y lleno de color, repleto de pequeños duendes uniformados en movimiento al compás de la música instrumental.



Sonaban otra vez las poleas del ascensor. Buscaba con la mirada a mis compañeros. No se veía movimiento de puerta alguna, ni a ellos entrando o saliendo en ningún nivel.



Estaba totalmente distraído en mi propio mundo de calor con brisa tibia veraniega, música, luces nocturnas y recuerdos. No me molestaba la espera. El sonido de poleas se repitió una, dos, tres, y otras tantas veces. Cada vez que sonaban, interrumpía mi tarareo musical, y me asomaba por el tragaluz.



Y así pasaba el tiempo.


Llegaron por fin dos de mis jóvenes colegas, y luego otros, y otros más. Llenamos el espacio con voces, bromas, pero también con mucha tensión contenida por esas dos semanas de angustia y presión. Y empezamos a estudiar en el auditorio muy cansados; pero decididos a terminar con éxito nuestra capacitación.


Al cabo de una hora, el panorama no era motivador para el estudio; más de una colega se rindió ante Morfeo, y yacían esparcidas roncando sobre sillas y cojines del auditorio. Era difícil insistir en seguir, pero debíamos terminar el repaso.


Ho Ming, un colega gordo y trigueño, de origen chino y tan cuarentón como yo, se descompuso de pronto, y dijo:


- Por favor, terminemos esto pronto, y vayamos a la cama. Hay demasiada gente aquí.


Le miramos extrañados y medio resentidos, pues con su comentario parecía que estábamos repentinamente incomodando al chinito.


Pregunté: - Ming, ¿a qué te refieres con demasiada gente?


- ¡Perdón! - dijo Ho Ming, perturbado - No me malinterpreten, no me refiero a ustedes…. Entiendan, mi familia tiene un don, yo lo he heredado… Quiero decir que, aparte de ustedes, siento y veo demasiada gente aquí.


Yo reaccioné de inmediato.


- ¡Ah, ya sé! ¡Tú ves “gente muerta”, como en "Sexto sentido"! ¿Verdad? – lo dije sin ánimo de burlarme, aunque en realidad... lo estaba haciendo.



Ho Ming siguió sin inmutarse.


- Así es. Hay mucho movimiento aquí arriba, y me estoy sintiendo incómodo porque se me pegan. Ellos perciben que los veo, y buscan que yo les preste atención.



Y Ho Ming siguió hablando del tema, mencionando que ese hotel estaba ubicado en zonas de Miraflores donde se había librado una de las más fuertes batallas contra los invasores chilenos, y que esas almas andaban perdidas.



Efectivamente, a fines del siglo diecinueve, la llamada “Guerra del Pacífico” entre Perú y Chile tuvo al actual distrito de Miraflores como uno de los escenarios de batalla más sensibles y representativos. Murieron niños y adolescentes jugando en serio a ser soldados. Jóvenes peruanos que apenas sabían manejar su propio idioma, tuvieron que tomar las armas y enfrentarse con los invasores del sur sin saber exactamente por qué. Y también sin saber por qué, morían destrozados por los cañonazos, atravesados por los sables y cuchillas, y acribillados por las municiones de los fusiles chilenos. Hasta hoy encontramos piezas de artillería, mochilas y cadáveres calcinados al momento de excavar profundamente para sentar las bases de modernos edificios. Tan modernos como el hotel luminoso donde estábamos somnolientos, estudiando para nuestro examen final.



No pude evitar dejar correr mi imaginación al son de las palabras del chino Ho Ming, viendo por segundos una multitud de espectros desorientados atravesando la mesa de trabajo, traspasando con despojos y colgajos de piel entre los huesos transparentes nuestras hojas de cálculo, lapiceros, plumones, y las plantillas informativas de los productos de vida y accidentes. Reconozco que, a pesar de mi escepticismo, un ligero escalofrío escarapeló los escasos cabellos en mi cabeza, y parpadeé tres veces para volver a la realidad.



Ho Ming explicó que lo mismo le sucedía cuando compraba en lugares como el centro del mercado informal limeño Mesa Redonda, donde decía que las almas en pena de tanta gente fallecida en el dantesco incendio ocurrido en un fin de año, se le acercaban y “pegaban” todo el tiempo. Peor en los cementerios y barrios de la vieja Lima.



- Es desagradable que figuras retorcidas y quemadas se te crucen, te miren a los ojos, y “se te peguen” a la espalda adonde vayas, porque después no te quieren soltar.



Mientras el gordo Ming hablaba, peinaba los lacios cabellos negros con sus dedos redondos y amarillentos con cierta exasperación.



- Entorpecen tus acciones, y roban poco a poco tus propias energías, no te dejan progresar.



A estas alturas de la conversación, las chicas estaban con los ojos muy abiertos, y parecían como si les hubieran despertado con agua helada.



- Bueno – dije - entonces hay que terminar de estudiar de una vez, porque entre el sueño y los muertos que nos roban energías, nos jalarán mañana.



Al terminar la sesión de estudios, abandonamos el auditorio y entramos a la agradable oscuridad veraniega. Caminamos juntos con rumbo a la escalera.



Abruptamente, me aparté de las chicas mirando hacia atrás.



-¡Buenas noches! - dije al aire.



-¿A quién le dices eso? - preguntó una de ellas.



- ¿Cómo? ¿No era que estábamos rodeados de demasiada gente? Soy muy educado, por lo menos hay que despedirse, ¿no? - solté una carcajada ante las gesticulaciones molestas de las chicas.



Luego nos separamos, y cada uno se retiró a su habitación a dormir.



Dos y media de la mañana. Unos alaridos femeninos me quitaron el sueño. Era una voz ronca, gruesa, que parecía gemir o reír en estado de ebriedad, de locura, difícil de decir. Muchas otras voces de hombres y mujeres murmuraban al mismo tiempo, como extraño coro que acompañaba los gritos de la mujer.



Por más que intentaba comprender una sola palabra, no pude lograrlo. Era tal el escándalo, que empecé a creer que Patricia (una de nuestras amigas de estudio, grande ella, provinciana y con tremendo vozarrón) estaría peleando con algún compañero o compañera de nuestro grupo. Acostumbraba a hacerlo, pero… ¿A esa hora? ¿Y en dónde? ¿En qué parte del hotel estaría gritando así?



Como no llegaba a comprender el motivo de esos gritos y de los rumores que los acompañaban, decidí llamar a la recepción del hotel. Levanté el auricular, pero desistí de hacerlo en el acto. Al fin de cuentas, eran mis compañeros de estudio y de angustias compartidas, casi fraternos en el esfuerzo. Podía causarles un daño involuntario al denunciar el escándalo.



Por otro lado, ¿cómo era posible que el hotel y su personal nocturno no estuviera haciendo nada para evitar la bulla?



Me levanté para ir yo mismo con la decisión de intervenir, pero también me detuve. Pensé: ¿Y si nuestro gerente comercial que se aloja en la suite interviniera personalmente a mis compañeros? ¿Y si yo termino tontamente involucrado en un escándalo ajeno, sólo por estar ahí parado entre ellos?



Finalmente y con mucho pesar, me quedé tendido en la cama, prendí el cable, y mantuve mi angustia insomne por quince minutos más.


Los gritos de la mujer y las voces de muchedumbre parecieron desvanecerse poco a poco, como quien baja el volumen de una radio gradualmente hasta apagarla.


Unos minutos más, y el sueño hizo su parte. Presioné casi inconsciente el control remoto, y dormí profundamente hasta las siete de la mañana.


Apenas abrí los ojos, tomé el teléfono. Llamé a Renzo, el arequipeño. Él estaba en una habitación cercana a la mía en el segundo nivel, así que tendría que haber sido despertado por el mismo escándalo.


- Buenos días - Renzo respondió el saludo al otro lado de la línea entre bostezos lastimeros. Al preguntarle si había escuchado el escándalo producido por nuestra compañera, Renzo se sorprendió.


- ¿Qué? No sólo no he escuchado nada, sino que me sorprende lo que me dices; anoche estuve estudiando con Chabela y con ella. Nos despedimos como a las once, y se acostaron antes que yo terminara de salir del cuarto. – Agregó Renzo - Parece que sólo tú escuchas estas cosas.


No lo podía creer. ¡Alguien en el hotel tendría que haber escuchado ese escándalo!


Durante el desayuno comentamos con Renzo y demás compañeros lo ocurrido en la madrugada. Patricia y Chabela también se hospedaban en el mismo nivel que nosotros, y ambas juraron haber dormido profundamente. No percibieron ningún ruido, menos un escándalo.


Al mediodía nos graduamos, y nadie recordaba mi extraña experiencia.


Al menos eso creí yo. Luego de almorzar y de trasladarnos al hotel a retirar nuestras cosas, Ho Ming, Renzo, y Carlos, fuimos a relajarnos a un bar tradicional del distrito de Barranco. En una mesita, los cuatro amigos disfrutábamos de un chopp de cerveza helado, burlándonos de las anécdotas y torturantes procesos del entrenamiento.


Mientras conversaba con Carlos, escuché de pronto a Renzo pronunciando mi nombre, por lo que pregunté:


- Socio, ¿Qué problema hay conmigo…?


Renzo respondió: - Estoy hablando de las cosas que has estado escuchando en estas semanas. De lo que te ha pasado anoche.


- ¡Habla! – lo solté como una orden desesperada, reviviendo de pronto mi experiencia - ¿Sabes entonces qué fue? ¿Quién era la mujer que gritaba?


Iba a seguir con las preguntas, pero Renzo hizo un ademán seco con la mano.


- ¡Espera pues, ahora te cuento! – Renzo siguió con su explicación - Resulta que me he hecho amigo de la recepcionista de la tarde, y conversando varias cosas con ella, linda la chica… Bueno, ella me ha contado que los morenos uniformados de la puerta no suben a los otros pisos pasada las ocho de la noche.


- Ya, pero… ¿qué tiene que ver con mi tema? - pregunté inquieto e intolerante.


- Ahora vas a ver, espérate un ratito. - respondió Renzo - Los morenos no suben, te decía, porque a partir de las ocho de la noche comienzan a escuchar los ruidos y las voces – y se rió diciendo - ¡Tremendos morenazos, y se mariconean con la bulla!


Yo estaba perdido en la superficie de la Luna, y aún no entendía la relación entre lo que me había pasado y lo que Renzo no terminaba de explicar. Quería saber quiénes habían sido los protagonistas del escándalo en esa madrugada.


- ¿Y? – le pregunté a Renzo, ahora un tanto alterado - ¡Termina de explicar, pues, que no entiendo!


Renzo alzó la voz, remarcando las palabras: - ¡Te estoy tratando de decir que en ese hotel PE - NANNN…!


Al verme mudo y perplejo, Renzo continuó hablando, sonriente.


- Por ejemplo… los morenos de la puerta escuchan moverse a los ascensores, y observan que nadie sale ni ingresa a ellos.


Algo parecido al agua helada recorrió veloz mi espina dorsal, recordando mi experiencia en la azotea del hotel con los golpes de articulación en el cuarto de poleas para el movimiento de los ascensores sin pasajeros la noche anterior.


- ¿Los ascensores? - pensé. Sin pizca de aire en mis pulmones, balbuceé - Renzo… lo que escuché en la madrugada… ¿Entonces eran…?


Ho Ming me interrumpió preguntándome:


- Compadre… ¿Entendías algo de lo que decían todas esas voces?


- No… - respondí casi asfixiado.


- ¡Así es, pues! ¡Nunca entiendes lo que ellos hablan!


Me levanté temblando. Tomé de la mesa mis lentes sin razón alguna, y los arrojé otra vez. Todas mis certezas y visiones sobre la vida, la muerte y “la otra vida” giraban alrededor de mi cabeza en una vorágine feroz. Definitivamente, el proceso giratorio se acrecentaba con el innegable aporte de los dos chopps de cerveza libados en los últimos cuarenta y cinco minutos.


- ¡Dios mío! ¿Espíritus? ¡Me han gritado en la oreja!


Mis colegas me miraban inexpresivos, mientras yo seguía gesticulando ridículamente, tartamudeando, sin vergüenza.


- ¡Y la primera madrugada en el hotel! Renzo, Chino, Carlos… ¡yo les echaba a todos ustedes la culpa de esa bulla! – Renzo arqueó las cejas, y me clavó la mirada - ¡Entonces ha sido la misma vaina desde que empezamos la capacitación!


Renzo, Ho Ming y Carlos se miraron entre sí. El Chino se levantó con paternal actitud, puso su mano en mi hombro, y me hizo tomar asiento. Luego los tres elevaron sus jarras, y me invitaron a brindar con ellos.


-¡Salud por las “penas”, aunque mal “se nos peguen”! – dijo el Chino, y soltó una risotada de resignación.


Yo, transpirando más por la adrenalina corriendo por el miedo que por el intenso calor, apuré la cerveza helada de un solo trago en busca del olvido.


Epílogo



A los cuarenta años piensas que ya no hay nada más que te puedan hacer creer, si tú mismo no lo viste o viviste antes. A Ho Ming no le creí, y me permití burlarme de él ante mis colegas de estudio.


La compañía de seguros rescindió posteriormente el contrato de hospedaje que tenía para sus funcionarios y postulantes a vendedores, cambiando por otro hotel en San Isidro. Cuentan que una madrugada se escucharon gritos en la habitación de una postulante. Una colega vecina abrió la puerta que estaba sin llaves ni pestillos, y encontró a la chica con los ojos desorbitados, botando espumas por la boca. Estaba semidesnuda dando correazos al aire, y gritando lisura y media para espantar a las “penas” que le atormentaban todas las noches.


Me pregunto: ¿Seré yo tan sensible como el gordo Ho Ming dice que es? No me imagino tener “pegadas” a mi espalda mil almas errantes, quebradas, quemadas, descompuestas, buscando protagonismo, robando energías y progreso. ¿Será que los cuarenta años son una llave de acceso al baúl de respuestas sobre nuestro destino final? ¿Quizás los seres inmateriales errantes en un mundo que ya no les corresponde, aún ignoran ese destino, y reconocen en cuarentones como yo a un posible enlace para transmitir sus penas y desconciertos?


¿Será un don natural? ¿Lo descubrí yo, o lo descubrieron ellos?


En cualquiera de los casos, no quiero ese don.


A mis cuarenta años, mi relación con ellos podría ser tan cercana y afectuosa como la probable entre una jirafa y una hormiga. No lo podré evitar. Sin embargo, al primer intento de contacto, he decidido seguir prendiendo el cable, o dedicarme a dormir profundamente. Lo haré, aunque ellos insistan, se rían, y se peguen a mi espalda pidiendo lo contrario.


Pero… ¡Cómo! Esperen… ¡No, por favor…! ¡Suél-teeenn-meeee!


FIN



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