viernes, 8 de enero de 2010

ROMPIENTES DE ENSUEÑO

Un cuento de Danilo Gutiérrez Baella (Año 2010)

Aún era de madrugada, y la humedad se respiraba pesada sobre el ambiente oscuro y azulado, previo a la salida del sol. Yo miraba desde la azotea de mi casa hacia el horizonte marino, pero aún cubierto por las brumas y la oscuridad, sólo se llegaban a oir los rugidos de las rompientes en las playas cercanas a los pies del acantilado, cien metros más abajo.

Sentía el frío del amanecer, me estremecía ese rugir creciente y ciego sobre las millones de piedras depositadas en las orillas de la Costa Verde. En eso, todo se cubrió de un repentino silencio. Yo aguzaba la mirada al malecón, y luego al horizonte tratando de reconocer la razón.

Quedé aterrado al observar que la oscuridad no era del cielo sobre el horizonte marino; era la negrura de una ola inmensa que se levantaba otros cien metros corriendo hacia la costa como un monstruo embravecido y mudo, explotando al confrontarse en contra del malecón, cayendo sus aguas escalofriantes sobre mi azotea sin remedio alguno. Grité, grité y grité sin querer sentir una sola gota helada de ese mar espeluznante que sabía sumergiría entero nuestro hogar, mi familia y todos mis sueños de vida con ellos.

Así despertaba cada noche, gimiendo y sudando, temiendo asomarme por la ventana de mi cuarto y comprobar la desgracia. Me costaba dormir más, temblaba de miedo. ¿Yo, temiéndole al mar? ¿Por qué? Cada verano acudía con mis patas de La Mancha a Makaha, La Herradura, y hasta Villa que es bravísima, y nunca sentía miedo de entrar, nadar, bucear, jugar y correr olas. ¿Qué pasaba que en sueños sí le tomaba pavor a ese mar que siempre consideré un gran amigo?

De día comentaba esto en familia, pero nunca lo hacía con La Mancha. ¡Qué vergüenza! ¿Cómo explicarlo sin arrancar risas de burla y de bufonadas gratuitas?

En esos tiempos ya habíamos reingresado a nuestras aulas en el colegio, pero nos acercábamos a la Semana Santa. El mar siempre llena en todo el litoral cuando celebramos esos días, y aunque aún sentíamos algunos calores sobrantes del verano, este ya había muerto dejando paso a la estación otoñal. La Mancha solíamos realizar aún algunas actividades de fin de semana en las playas de la Costa Verde, descendiendo en bicicletas por sus pendientes bajo el puente Villena Rey de la Bajada Balta en Miraflores. Vestíamos camisetas y jeans, pero ya nos cubríamos un poco más, pues el aire se tornaba muy frío y húmedo, y a la velocidad de la pendiente sobre el aparato, sucumbíamos temblando al viento. Nuestros juegos eran seguir de frente montando bicicletas hacia Agua Dulce, subiendo por las pendiente del Morro Solar en Chorrillos, cruzar el promontorio del Salto del Fraile, y continuar pasando por La Herradura. Lo difícil era remontar las subidas, tanto la primera, como la que nos llevaba al largo túnel que recorríamos gritando, divirtiendo al eco y a los murciélagos colgados en los recodos negros que guardaban su oscuridad. Luego sobre Chorrillos, seguíamos el retorno por los malecones de Barranco y el puente sobre la Bajada de Armendáriz hasta llegar a nuestros hogares en Miraflores, sudando a mares y con las chompas y casacas amarradas a la cintura.

Otras veces sólo bajábamos a pie, y visitábamos nuestro hogar marino de verano, Makaha, sentándonos al pie del talud de piedras negras que forma la orilla inclinada hacia el mar, y las lanzábamos lo más lejos posible recordando nuestras cercanas aventuras del verano que acabó. En esa semana previa a la Santa, se nos ocurrió realizar otro reto de hombres "machos" frente al mar, no adentro, sino recorriendo el largo espigón que limitaba el lado izquierdo de Makaha hasta llegar al extremo más expuesto al mar. Allí, en plena subida de las mareas, las olas rompían con violencia sobre esas grandes rocas negras brillantes y verdeadas por las algas y el musgo. Nuestro juego consistía en subirnos a esas rocas mojadas y resbalosas esperando se levanten las olas, y aguantar hasta donde se pudiera con coraje, con mucho valor, hasta que la ola estuviera encima para saltar y volar sobre todo y todos, y no quedar mojados. Al primero que escapaba se le tildaba de cobarde, no era "macho". De ahí la competencia entre varones, y el premio para el gran valiente del día, aquel que esperó el segundo final para realizar el escape y sobrevivir al impacto, era la gran sonrisa que obstentaba y el pecho inflado de orgullo sobre el resto. Nada más que eso, y era suficiente.

Una de esas tardes de tertulia familiar en casa entre padres e hijos, mi hermano Antonio comentó que tenía un sueño recurrente, y que esa noche encontró la solución para no volverlo a tener. Resulta que Antonio tuvo una difícil experiencia en un campamento de colegio muchos años atrás. Un toro grande y bravo que andaba alejado de sus patrones le persiguió por un bosquecillo de ramas secas hasta emboscarle de espaldas a un talud alto de tierra sin salida. Mi hermano recordó que entonces no supo qué hacer, cuando un silbido agudo llamó la atención del toro, y desapareció tan rápido como había aparecido. Desde entonces Antonio, cada cierto tiempo, retomaba en sueños la experiencia con un campo un tanto diferente, y con una opción también distinta: el toro le perseguía, y mi hermano tenía que cruzar un río para poder salvarse de él. Nunca lo cruzaba, el toro se le venía encima, y él se despertaba tan agitado como yo en mis pesadillas con el mar.

Antonio nos contó que esa noche volvió a soñar lo mismo... sólo que esta vez, decidió cruzar el río. Lo hizo a zancadas largas y siguió corriendo al salir de él. Al detenerse y con el corazón en la boca, volteó. El toro lo miraba desde la orilla lejana, y se retiró con la cabeza gacha internándose en el bosquecillo. Antonio recordaba el regocijo que le invadió al vencer así al toro y su eterna persecución, y estaba seguro que nunca más volvería a tener esa pesadilla; y así fue que sucedió en adelante, como lo predijo Antonio.

En los días que siguieron, volví a soñar con el mar. La misma madrugada, el mismo frío, el mismo silencio previo a la gran ola negra... el estruendo de la pared de agua sobre el malecón, y todo mi pavor. No tuve conciencia para saber que era un sueño, y volví a caer en el pánico, y volví a despertar sudoroso y agitado como siempre sin poder volver a dormir.

Llegó el Jueves Santo, y empezó el fin de semana largo de reflexión... y de alegría para La Mancha que podríamos disfrutar juntos de todo para todos en ese fin de semana, comiendo sólo pescado en todas sus modalidades, sin músicas estridentes ni gritos muy notorios para el resto, por supuesto. En ese glorioso día juvenil de los setentas recordaba haber visto en el televisor Silvertone blanco y negro de mi casa un capítulo más de la serie americana Hawaii Five 0 con Jack Lord, donde me fascinaba observar la ola inmensa que rompía en alguna playa de esas islas al inicio del enlatado, y sus créditos. Lo comentaba con mis patas Miguel, Javier, Luis, Jorge, y Dante, y decidimos regresar al gran espigón rompeolas de Makaha para repetir nuestra prueba de valor. Al descender por las laderas de la Bajada Balta, vimos que el mar se encontraba muy agitado, y que las olas que terminaban en la orilla de la playa cubrían parte de la misma, por encima del talud. "¡Esto va a estar mejor!", celebró Luis, seguro que ganaría la prueba ese día.

Llegamos a Makaha, y emprendimos el camino sobre el sendero de tierra que llevaba hasta el extremo del espigón. De lejos, vimos que las rompientes se elevaban muy alto sobre la punta rocosa, y reventaba con estruendo metros más adentro de donde días atrás habíamos realizado nuestra hazaña de "machos". Igual nos fuimos acercando con prudencia, calculando distancias, y en dónde exactamente nos pararíamos para enfrentar las olas sin mayor riesgo de ser alcanzados por ellas.

Fue en ese momento que en silencio total empecé a sentir una angustia conocida, un temblor extraño, y un pavor reconocible. Lo identifiqué al reventar una ola más sobre el espigón: ¡era el mismo temor que se acentuaba en mi pesadilla con el mar! Yo no quería acercarme y pasar la prueba, pero no podía dar un paso atrás, porque moriría para siempre ante las burlas crueles de La Mancha. ¿Qué hacer?

Todos subimos a las rocas negras, y bajamos en el acto sin prueba de por medio alguna, pues ya estaba la ola encima. Nos miramos, y yo tragué mi temor junto a la sal que se impregnaba en mis labios... "¿Qué hago?", me repetía una y otra vez. Entonces recordé el sueño de Antonio y el toro bravo, y encontré con rapidez una relación importante entre su angustia y la mía: Antonio no quería entrar al río, y el toro se le venía encima; a mí me daba pavor recibir una sola gota de mar en mi cabeza, y la ola caía con todo... Antonio decidió enfrentarse al río, y lo cruzó, y se salvó... "Pero eso fue en sueños", pensé otra vez.

La Mancha iniciaba su intrincado ascenso sobre las peñas mojadas, y yo, antes de subir, me dije: "¿Y si sólo lo intento...?".

Todos estaban en posición, y me increparon: "¡Oye, apúrate, no seas cobarde!". Yo subí sin chistar hasta donde ellos estaban, alcanzando a ver la formación que se empezaba a alzar delante de La Mancha y sus rocas. Sólo que, en vez de quedarme al lado de mis patas, seguí andando rocas más adelante, bajando ligéramente sobre una de ellas bastante remojada por el mar.

- ¡Oye! ¿Qué haces? ¿ESTÁS LOCO? - empezaron a gritar. Y siguieron haciéndolo mientras que yo tornaba mis ojos al mar, y, abrazándome a la roca resbalosa y verde de musgo sin importar mi ropa ni el peligro, llegué a mirar la mole de agua que se me venía encima.

- ¡FERNANNNDOOOO! ¡SAAALL DE AHIIIÍ! ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?

"Es sólo agua, nada más, y yo gobierno sobre ella cuando estamos en verano...", dije en voz queda para mí, mientras el rugido ya conocido crecía a mi espalda. Llegué a escuchar los gritos apagados de mis patas de La Mancha que se alejaban corriendo llenos de pavor, y luego el martillazo gigante helado sobre mí, la falta de oxígeno, aferrarme más sobre la roca para no resbalar en la retirada del agua, y un segundo impacto estruendoso que casi me arranca de las peñas.

El mar me dió el tiempo suficiente para remontar las rocas chorreantes con el mareo que quedó después del estruendo y el agua en mis oídos, en doble esfuerzo por levantarme con el peso de mi jean y mi camisa de franela a cuadros empapados de mar. Cuando estuve a distancia, me topé de cara con todos mis patas que me veían como si yo fuera un alienígena. "¿Por qué hiciste eso?", me preguntó Javier, en representación de todos los demás que no dejaban de mirarme como bicho raro. Hice un intento por explicarles el por qué, pero igualmente callados, bajaron la cabeza y empezaron a caminar con rumbo a la playa.

- Bueno, quedó claro que soy el más valiente de La Mancha, ¿no?

Siguieron caminando, y empezaron a hablar de otras cosas. Yo me resigné a no ser el héroe del día, y entender que los había hecho pasar por un momento aterrador sin motivo aparente.

Pero mi motivo se quedó allí, prendido por siempre de la roca negra, soportando eternamente la embestida del mar. Y en mis sueños de adolescente nunca más se levantó una ola amenazante sobre mi hogar, mi familia, y mis anhelos de juventud.



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